Cuando se dio cuenta que el joven sentado frente a él se estaba burlando de su arrebato musical sintió ganas de estrangularlo hasta ver su cara amoratarse. Mirándolo retadoramente imaginó con una viveza extrema todos los detalles de su lucha a muerte, sintió en sus fosas nasales el olor a sangre fresca, vio el brillo de esos ojos irse apagando hasta ofrecerle una visión estática, la boca arrugada pidiendo clemencia, el cuerpo desmadejado y las piernas torcidas de aquel joven…

   Dios mío, se dijo sacudiendo la cabeza horrorizado - ¿Cómo puedo pensar en matarlo? ¿De dónde me salen esos instintos asesinos?

   El chico lo miró y sintió pánico de ese hombre mayor que se parecía mucho a esos asesinos sin escrúpulos protagonistas de las series norteamericanas. A su mente llegaron las imágenes vistas en los telediarios de esos hombres que de un momento a otro arremeten contra las personas en los trenes, en los autobuses y no quiso ser carne de telediario. Él quería ir a su universidad, escuchar la clase de historia que le encantaba, hablar con sus amigos, tomarse unas cervecitas por la tarde y volver a casa. ¿Era mucho pedir eso?  No podía él disfrutar de esas pequeñas rutinas sin tener que preocuparse por esos locos asesinos que de un momento a otro deciden matar a quienes les rodean, o a quien no les guste o a quienes no piensan como ellos.

   Qué pequeña es la distancia que separa a la cordura de la locura, qué ridículo me siento ahora por haberme dejado llevar por la furia, ¿será que vive en mi un asesino en potencia? Debo reconocer que sentí un éxtasis increíble cuando imaginé el olor de la sangre fresca - se decía - mientras obstinadamente miraba por la ventana el deslizar veloz de su ciudad a la hora punta. Le gustaba ver a su ciudad, le encantaba esa hora crepuscular y siempre encontraba placer en los espectaculares atardeceres de esa ciudad sin entender por qué tan poca gente la amaba. ¿Sería que él tenía otro concepto de la belleza? ¿Sus gustos estéticos estarían muy lejos del común de las gentes?

   Distrayéndose con esos pensamientos procuraba no mirar al chico, sin embargo presentía la mirada de éste sobre su rostro y el corazón se negaba a admitir que debajo de las consideraciones estéticas sobre la ciudad, el odio y las ganas de matar acechaban, como esperando agazapadas el momento oportuno, por eso se negaba a mirarlo.

    El joven pensaba en que debía bajarse en la siguiente parada aunque estuviese lejos de su casa, pero al mismo tiempo se decía que no le debía dar gusto a ese degenerado, él había pagado el importe de su pasaje, estaba cansado y aún tenía que redactar dos informes para el trabajo, investigar los temas en internet y escribir  el resumen de historia, que además sería nota clave para el semestre. No me voy a bajar, más bien voy a cambiar de puesto antes de que se llene este bicho y no pueda moverme - se dijo -

    Efectivamente el joven se levantó y fue a sentarse al fondo del autobús.

    El hombre mayor presintió que el joven se bajaba en la próxima parada y se alegró, sintió alivio, con él se alejarían sus malos pensamientos,  volvería a tararear su vieja canción y no tendría en frente a nadie que se burlara de sus gustos musicales, muchacho maleducado, - pensó -

    Trató de recordar la canción pero ahora la melodía no era fluida, se le había olvidado el estribillo, su cerebro repetía una y otra vez palabras inconexas como "algo de mi" o ¿algo de si? pero ¿qué mas seguía? Era una canción de un cantante español, eso estaba seguro, incluso recordaba que a una novia que tuvo le gustaba y que cuando iba a visitarla, ella colocaba el disco y ambos cantaban gritando como locos… ah qué bonito era aquello, pero ¿cómo carajos continuaba?

    El tiempo se le pasó volando, se dio cuenta que debía bajarse justo cuando el autobús se detuvo, con tiempo apenas suficiente para pararse y dar unos cuantos empujones hasta la puerta.  Con apuro llegó hasta ésta, el tumulto le impedía salir pero dio un empujón a una espalda que se interponía entre él y la puerta de salida, en la confusión, en el ruido y el barullo de la gente que empujaba para salir, una voz juvenil resonó en sus oídos: "algo de mi se va muriendo...". Se detuvo en seco, miro al cantante mientras su rostro se tornaba amable, agradecido con la vida que lo había puesto delante de alguien que también compartía sus gustos musicales.

 

     El chico dejó de cantar poseído por el pánico. El sádico lo estaba mirando.


     Gladys