22 de Agosto, 2010, 10:56: SelváticaAlaprima


    Estoy sola en casa aunque vivo con mis varios familiares, entre ellos un tío bastante original, por tanto raro.

    Me voy a duchar y sé que mi tío volverá a mirarme. Cierro la puerta, cierro la ventana y me ducho con el piyama puesto, así no podrá ver mi cuerpo desnudo.

   Efectivamente, cuando me estoy enjabonando los cabellos, siento sus ojos en mi espalda, empieza a jadear y raspar con sus uñas la madera de la puerta. Empiezo a sentir pánico. Sé que me mirará de todos modos, como hace siempre, sin embargo hoy está haciendo ruido, no le importe que yo sepa que me está mirando, al contrario parece que lo hace a propósito. Sus uñas han logrado ensanchar el agujero en la puerta a la altura de mi entrepierna, retira las astillas de la madera y ahora ya hay un agujero que me deja ver sus ojos enrojecidos y acuosos y la baba que cae de sus labios. Empiezo a gritar, lo hago con todas las fuerzas de que soy capaz aunque se que nadie me escucha. El logra quitarme el agua, el agujero se hace más grande, el jabón se escurre por mi frente y llega a mis ojos, en un momento introduce la mano intentando alcanzar mi cuerpo, ahora grito más fuerte, se me ocurre gritar obscenidades hasta que me voy quedando ronca y la garganta me duele horriblemente. Entonces mi cerebro me lanza un aviso: no debo gritar más. Me he dado cuenta de que mis alaridos le producen mayor placer, lo veo en sus ojos.


Por: Selvática

22 de Agosto, 2010, 10:47: Selváticaminirelatos




            …de cuerpos atléticos, con los picos de sus sombreros

ondeando al pasar se deslizan por las neuronas de mi cerebro.

            Son tres, como el destino: el amor, la vida y la muerte.


Por: Selvática

22 de Agosto, 2010, 10:41: GladysGeneral



    En esos momentos en que uno toma decisiones que, sin pensar le afectaran toda la vida, Marta presintió que su vida estaba próxima a concluir. Tal certeza no le produjo angustia, ni pesar, al contrario, era excitante y le causaba curiosidad, así que decidió, que si era su último día en la tierra, bien podría cumplírsele lo que siempre deseó: encontrar una cartera tirada en la calle llena de dinero. Sabía lo absurdo de su deseo, pero recordó que cuando era joven bromeaba con sus amigos imaginando que si de los ocho millones de habitantes de su ciudad que perdían una moneda, y ella la encontraba, tendría ocho millones de…

    Se burló de sí misma. Pensar en eso el día en que uno va a morir es bastante patético, pero la idea no se le iba de la cabeza a pesar de que ya empezaba a sentir una molestia en el brazo izquierdo - muchas personas que están a punto de sufrir infartos lo sienten, bueno, es lo que se dice, vaya uno a saber si es verdad - La vida, su vida, desde que se acordaba pasó delante de sus ojos. Había cumplido sus metas, algunas la habían hecho feliz, otras mujer y más de una la había enloquecido. Total, que se sentía satisfecha de sus setenta años.

     Caminó con los ojos puestos en el piso, recorrió el paseo, a esa hora lleno de turistas activos, con la piel recién enrojecida pero no se detuvo a pensar  mucho en ellos, perseguía un sobre blanco, de tamaño mediano, y algo grueso. Pero no lo encontró esa noche, ni la siguiente ni la posterior, y notaba que las vacaciones ya se iban agotando, que el estío llegaría de un momento a otro y ella tendría que contemplar otra estación más a pesar de que la muerte la acompañaba, pero no se manifestaba definitivamente.

     Una tarde, después de comer y mientras saboreaba el postre decidió desistir de su intento. No iba a buscar más el sobre. Era tonto y su verano se le antojó bastante inútil, se reprendió a sí misma  al haberse dejado llevar por ese estúpido impulso infantil. Cuando pronunció la palabra infantil se sonrió y enfocó sus ojos en una pequeña que saltaba alegremente antes de sumergir su cuerpo en el mar. Siete años tendría más o menos, los mismos que ella multiplicados por diez.

    Dejó un billete sobre la mesa, se quitó el pareo que cubría sus flácidas piernas y corrió dando saltitos sobre la arena hasta zambullirse en el mismo lugar en que lo había hecho la chiquilla. Con ágiles brazadas la alcanzó y se zambulló de cabeza rozando el cuerpo menudo de la niña, al cabo de unos segundos emergió y le habló, juntas rieron y empezaron a nadar hasta la bolla, unos cuantos metros más adelante.

 

    Le gané - le dijo la niña al socorrista, pero cuando saqué la cabeza ya no estaba allí.


    Así es la vida de tonta.


Por: Gladys