En esos momentos en que uno toma decisiones que, sin pensar le afectaran toda la vida, Marta presintió que su vida estaba próxima a concluir. Tal certeza no le produjo angustia, ni pesar, al contrario, era excitante y le causaba curiosidad, así que decidió, que si era su último día en la tierra, bien podría cumplírsele lo que siempre deseó: encontrar una cartera tirada en la calle llena de dinero. Sabía lo absurdo de su deseo, pero recordó que cuando era joven bromeaba con sus amigos imaginando que si de los ocho millones de habitantes de su ciudad que perdían una moneda, y ella la encontraba, tendría ocho millones de…

    Se burló de sí misma. Pensar en eso el día en que uno va a morir es bastante patético, pero la idea no se le iba de la cabeza a pesar de que ya empezaba a sentir una molestia en el brazo izquierdo - muchas personas que están a punto de sufrir infartos lo sienten, bueno, es lo que se dice, vaya uno a saber si es verdad - La vida, su vida, desde que se acordaba pasó delante de sus ojos. Había cumplido sus metas, algunas la habían hecho feliz, otras mujer y más de una la había enloquecido. Total, que se sentía satisfecha de sus setenta años.

     Caminó con los ojos puestos en el piso, recorrió el paseo, a esa hora lleno de turistas activos, con la piel recién enrojecida pero no se detuvo a pensar  mucho en ellos, perseguía un sobre blanco, de tamaño mediano, y algo grueso. Pero no lo encontró esa noche, ni la siguiente ni la posterior, y notaba que las vacaciones ya se iban agotando, que el estío llegaría de un momento a otro y ella tendría que contemplar otra estación más a pesar de que la muerte la acompañaba, pero no se manifestaba definitivamente.

     Una tarde, después de comer y mientras saboreaba el postre decidió desistir de su intento. No iba a buscar más el sobre. Era tonto y su verano se le antojó bastante inútil, se reprendió a sí misma  al haberse dejado llevar por ese estúpido impulso infantil. Cuando pronunció la palabra infantil se sonrió y enfocó sus ojos en una pequeña que saltaba alegremente antes de sumergir su cuerpo en el mar. Siete años tendría más o menos, los mismos que ella multiplicados por diez.

    Dejó un billete sobre la mesa, se quitó el pareo que cubría sus flácidas piernas y corrió dando saltitos sobre la arena hasta zambullirse en el mismo lugar en que lo había hecho la chiquilla. Con ágiles brazadas la alcanzó y se zambulló de cabeza rozando el cuerpo menudo de la niña, al cabo de unos segundos emergió y le habló, juntas rieron y empezaron a nadar hasta la bolla, unos cuantos metros más adelante.

 

    Le gané - le dijo la niña al socorrista, pero cuando saqué la cabeza ya no estaba allí.


    Así es la vida de tonta.


Por: Gladys