Mientras hacía girar la argolla en mi dedo anular me quedé mirando al vacío intentando atrapar imágenes del pasado, cerraba los ojos e intentaba evocar los rostros amados que mi madre apenas supo dibujar en mi infantil memoria pero no alcanzaba a trazar más que unos labios finos, algunas cejas o un rizo de una niña que se confundía con mi madre pero que bien podría ser alguna tía. El tiempo se estiraba y encogía desdibujándome los rostros de mis parientes, todos blancos, de pieles muy delicadas y sin embargo, la figura de una niña negra con sus rizos estirados como alambres de púas me sonreía y me hacía una seña con sus grandes labios. ¿Quién era? Los negros prácticamente no existieron en mi vida, de hecho, hasta muy mayor no conocí ni uno y fue en un viaje, porque en mi región no solían vivir.

   Me cansé de tanta imagen difusa, me sentí impotente ante mi destino, lo único que quedaba de mi familia era una casa en ruinas, un par de zapatos, una argolla… Debería irme. Debería dejar que el tiempo siguiera imponiendo su marcha y abandonar aquellos despojos. Iba a hacerlo, de verdad que esa era mi intención, pero el brillo de algo nacarado me obligó a ponerme de pie y apartar los restos de basura que lo cubrían.

   Era un libro religioso de los que se regalan en las primeras comuniones. Desde luego no mío, porque yo nunca la hice. Miré si había nombres grabados o fechas que me orientaran pero le faltaban muchas hojas y las que quedaban eran prácticamente ilegibles debido a la humedad y al humo negro del incendio que había arrasado la casa..

   Lo abrí, algunas páginas estaban rotas, otras amarillas, sin embargo algunas de éstas habían conseguido salvarse de la catástrofe. Me detuve en la página que describía  la vida de San Luis pero no se podía leer, contaba la vida de un niño santo  - todo el libro contenía historias de ese tipo - me pregunto ¿si mi vida hubiera sido distinta de haber practicado alguna religión?


Gladys