De pequeño su madre lo había dejado correr por la calle hasta que el cansancio o el hambre lo hacían regresar a casa, sus días eran calcados el hoy con el ayer, las mañanas en las clases y las tardes de ocio, algunas veces ayudaba a la abuela con los quehaceres del jardín o cualquier otra labor sencilla. Así se le fue la infancia, sin darse cuenta. La adolescencia le pilló como una fiebre de cuarenta grados y en su ebullición probó todo cuanto podía probar para saciarse hasta que alguien lo agarró de los huevos y lo mantuvo a raya.  Su mujer.

     De un momento a otro la rebeldía se le convirtió en rencor, un odio que le encendía los cachetes nada más fichar su tarjeta a la salida de la oficina, montarse en el autobús y atravesar la ciudad para llegar a su casa. Allí, una vez veía las caras de sus hijos en frente, la rebeldía se transformaba en amor. El mundo eran aquellos ojitos y esas voces contándole sus pequeños progresos, con eso bastaba y no necesitaba pensar en nada más.

     En la suma de las horas diarias, ganaban las del coraje, la rebeldía y la rabia, pero siempre acababan vencidas por las pocas en que gozaba del amor de sus hijos. En ellos pensaba precisamente cuando recibió el sobre de la universidad. Le extrañó que le escribieran pues nunca terminó la carrera y se dio cuenta lo localizable que era, pues jamás había cambiado de dirección. Después de casarse vivió con su madre y ahí seguía entre los roces de suegra y nuera, más los desvelos de los hijos que se estaban convirtiendo en hombres y mujeres ante su mirada impotente. Con que ganas les dotaría de una coraza para que nada los hiciera sufrir.

     Abrió el sobre.

     Después de leerlo miró hacía la ciudad que se deslizaba a su lado. Sonrió con cierta tristeza. Lo invitaban a un encuentro de ex-alumnos. Ya sabía lo que era eso, una feria de las vanidades en la que cada uno de los invitados intentaba opacar a los demás. No, él no tenía nada que hacer allí. Odiaba presumir de lo que tenía y menos aún de lo que carecía. Volvió a abrir el sobre y de él saltó el rostro de una mujer, su primer amor. ¿Qué sería de ella? La recordaba tan amorosa, tan decidida y con unas ganas de vivir que los alimentaban a los dos y sin embargo no fueron capaces de construir su propio mundo.

     Las largas conversaciones que tenían sentados en el parque, imaginando que ellos dos podían cambiar las cosas, por ejemplo las telenovelas, su gran obsesión. Una vida sin telenovelas sería lo más maravilloso que le podría pasar a una sociedad. Una vida sin tetas como montañas ni sicarios asesinando a diestra y siniestra. ¿Qué pensaría ella, ahora al ver lo que ofrecía la tele? Seguro que nunca se compró una - se dijo totalmente convencido. ¿Y, cómo sería la vida sin televisión?

     La imagen de su esposa se le sentó al lado.

    Una mujer que se pasaba todo el día durmiendo viendo la tele. Que cuando estaba de mal genio le montaba una escena "con aroma de café" . Cuarenta años mamando telenovelas no dan para más. No odiaba a su mujer. Es verdad que nunca la quiso, pero llegaron los hijos y aunque nadie se lo enseñó, a los hijos hay que quererlos y ayudarlos a formarse para que al menos sean buenas personas.

    Guardó la invitación. No iría. No tenía nada en común con aquella gente, aunque durante su breve estadía en la universidad sí que congenió con un par de compañeros, se divirtieron de lo lindo, trabajando mucho para lograr aprobar las asignaturas. Todo se torció y esa camaradería quedó guardada en su cerebro, en el cajón de los buenos  recuerdos. Aquel joven guapo, inteligente y emprendedor se había transformado en un hombre calvo, con muchos huecos en la boca y una hernia.

    Antes de llegar a su casa, se cuidó mucho de tirar la invitación en una papelera, sabía que si su mujer la encontraba tendrían otra escena digna de cortarse las venas. Se pasó las manos sobre el pantalón desgastado por la silla de su escritorio, abrió la puerta de su casa sintiendo que el corazón volvía a latir amorosamente.

     En el salón estaba su hijo mayor sentado al lado de una chica.  Después de los saludos, prudentemente se retiró. Ellos al quedarse solos volvieron a su tradicional charla.

Iba a encender la tele para ver el telediario cuando la voz de la joven le llegó cómo a través de los años: "Yo, te lo juro, prohibiría todas las telenovelas y obligaría a los guionistas a leer más filosofía que…"

     Su mano se paralizó sin accionar el control, remoto.


Gladys