30 de Octubre, 2010, 17:25: SelváticaAlaprima



     La pareja va por la calle. Anochece. Su hijo adolescente los precede con cara de pocos amigos. Llegan a la esquina y de repente, el señor se desvanece y cae sobre el pavimento. La mujer y el chico tratan de reanimarlo. Ella le da palmadas en el rostro, el chico intenta pedir socorro con su teléfono. No lo consigue. Cambian, él ahora auxilia al señor, ella intenta llamar a los servicios de socorro, pero se hace un lío con el teléfono  y le contesta alguien en alemán.

     Decide llamar a un vecino, éste viene corriendo en compañía de su mujer y en unos instantes logran reanimarlo y se lo llevan a su casa.

    Ella se queda mirándolo, admira su cuerpo delgado, la elegancia con que siempre viste y el tono aceitunado de su piel.

    Ya en la casa, lo dejan en la cama. Viene una mujer vistiendo una erótica pijama. Las dos mujeres se miran y estallan los celos. El hombre escucha en silencio los reproches de su mujer mientras que la otra sonríe para sí mientras.

     Recostada en el marco de la puerta, otra mujer vestida de negro y apoyada en su guadaña  piensa que ya falta poco para estar con él.


Selvática

30 de Octubre, 2010, 17:01: GladysGeneral

         

 

        Al verla entrar y dirigirse hacía su mesa acompañada de su amiga, en su pecho se desató una tormenta, la sangre corría veloz por sus venas y tuvo que entornar los ojos para poder apreciar a esa mujer que parecía envuelta en una luz sobrenatural; sus manos temblaron. Las metió en los bolsillos para disimular y miró para otro lado. Seguro que no se ha dado cuenta. Al fondo,  la cafetería llena de familias que tomaban un aperitivo antes de irse a preparar la cena, los pijamas, o ver su programa favorito en la tele. A esa misma hora, él estaría durmiendo o por lo menos acostado masturbándose mientras aparecía el sueño y el reloj lo despertara a las cuatro de la madrugada. Pensar en eso le dio cierto sosiego.

     Ella reía con su amiga y los cabellos resbalaban por sus hombros, los ojos se le cerraban en una línea curva como un dibujo de cómic manga. su risa era contagiosa, a él mismo, que ya tenía la piel momificada, reír le producía un dolor placentero en las mejillas, algo se le estaba resquebrajando y había empezado por su cara.

     Las familias que tomaban el aperitivo parecían haberse esfumado. ¿A dónde habían ido? Si apenas unos segundos antes, cuando ella empezó a reír, todo el mundo estaba ahí, con sus urgencias, sus voces chillonas, los camareros recorrían el pasillo atareados con sus bandejas llenas de sanduches y refrescos, ¿por qué ahora estaban las mesas vacías?

     ¿Qué pasaría cuando ella dejara de reír? Sin duda la conversación seguiría y en algún momento él tendría que sacar las manos de sus bolsillos. El refresco servido ante si, tenía que consumirse de alguna manera, sería muy raro que lo dejara ahí después de haberlo pedido, además, temía lo que le diría su amiga la mañana siguiente, cuando entrara en la panadería y le preguntara cómo le había parecido la amiga que le había presentado, pero sus manos…

           

 

      ¿Qué tal la cita de anoche viejo?

      Bien, bien, cayó rendida, a esa ya la tengo ...

      Salud!!!! Ponme una caña Viejo.


Gladys

30 de Octubre, 2010, 16:56: GladysGeneral


     Estiró las piernas, apagó la tele. Hoy particularmente se encontraba aburrido. No había fútbol, y las series que ponían en la tele, seguramente habían sido favoritas cuando los dinosaurios veían teleDiez. Cerró con fuerza los ojos, le dolían y estaban rojos, pero, ¿qué hacer? Su turno apenas había empezado y a no ser que llegaran urgencias, iba a tener una noche bastante aburrida y exasperante. Una mierda no haber comprado aquella revista de sopa de letras, por lo menos tendría algo qué hacer.

     Se acercó a la ventana. La noche oscura no le devolvió ni una sombra con que fantasear, era sólo un agujero negro en el que había desaparecido el mundo. Como mi vida - pensó - casi sin darse cuenta. Decidió estirar las piernas y mientras hacía ejercicios de estiramiento, se iba adentrando a la zona en que los pacientes dormían. Sin saber por qué estiró la mano derecha y con la punta de sus dedos recorría la superficie de las paredes mientras caminaba, como cuando era chico y corría pegadito a los muros de las casas.

     Volvió a sentir el aire en su rostro y se asustó. Una vuelta al presente en esas condiciones jodía en el pecho. Un suspiro llegó a sus oídos.  Se detuvo, una vacilante luz verde llamó su atención. Alguien debía de estar cargando un móvil o un aparato de música. Corrió la cortina y se fijó en el rostro arrugado de una mujer que con su dedo sobre los labios le pedía silencio.

     En silencio se acercó, iba a preguntarle como se sentía, pero se sintió ridículo  así que decidió acercarse a ella en silencio. Ella lo miró,  le sonrió con los ojos. Se sentó a su lado. Ella le tomó la mano y jugueteó con sus venas. Ya no se sentía aburrido, al contrario, no quería que el tiempo pasara. Por él, se estaría toda la noche al lado de la anciana dejando que ella acariciara las venas de su mano. Por primera vez en todos los años que llevaba trabajando en la clínica se sintió feliz en su turno de noche.

    El timbre de urgencias lo asustó y lamentando la intromisión, tuvo que desprenderse de la mano de la anciana y correr a recibir la ambulancia, como era su deber, aunque sus deseos estaban en la habitación 0017 de la primera planta. Con la imagen de la anciana tras la retina, ayudó con los ingresados, corrió con las enfermeras, desmontó camillas y organizó papeles hasta que el agujero negro de la entrada le desveló los mismos árboles que veía todos los días, pero que hoy, parecía que una mano maravillosa los hubiera limpiado hoja por hoja. Una llamada de su mujer - que lo esperaba en el aparcamiento le impidió ir a despedirse de la anciana.

     Todo el día, estuve pensando en ella, imaginando como se dejaba asear, como obedecía a los médicos y se preparaba para recibir a sus parientes… o a lo mejor no tenía a nadie que la visitara. Al llegar su hija del colé, decidió ir con ella al parque, quería disfrutar de su hija, aprovechando al máximo su día libre con ese pequeñaja que, aunque tuviera pataletas, siempre le hacía sonreír.

     De regreso a casa, decidió invitar a su hija a un helado e ir dando un lento rodeo  para observar con que placer se lo devoraba. Al ver la cara de su hija sintió un impulso. La tomó de la mano, corrieron hasta el garaje, sacó el coche y sentó a su hija en el asiento de atrás sin pensar en nada,  hasta que aparcó ante la clínica. Bajo con su hija, apenas si se detuvo a saludar a Ramírez - el celador de día - y se encaminó a la habitación de la anciana. Ella lo vio venir, le sonrió otra vez con los ojos y él le presentó a su hija. La niña besó a la mujer y le contó lo bien que se lo pasaba en el parque, lo que le gustaba el chocolate y cómo se derretía en su boca al morder el helado y…

     Mientras ella hablaba sin parar, las manos pecosas y arrugadas jugueteaban con las diminutas venas de la mano de la niña.


Gladys

17 de Octubre, 2010, 8:37: Selváticaminirelatos


        Al llegar a la estación, un uniformado le entregó un formulario que debía ser llenado minuciosamente, aclarándole que todo lo que declarara allí sería tomado en cuenta y analizado concienzudamente.

   Ella, como siempre le sucedía ante esos trámites burocráticos lo llenó apresuradamente.  Sin detenerse a  pensar, colocó su nombre en el espacio correspondiente, seguido de su apellido, luego su domicilio, su número de teléfono, el código postal, el nombre de padres, esposo e hijos. Más adelante llenó las casillas correspondientes a profesión, dinero declarado,  estudios realizados, experiencia profesional... Dios, iba a necesitar una hoja suplementaria para dejar constancia de toda su experiencia, ¡ganada a pulso! Al cabo de unos cuantos minutos y al reverso encontró casillas para citar sus múltiples relaciones; un sentimiento de orgullo y satisfacción iba inundando su pecho. Esto era una vida plena, sus días, sus años, sus segundos de vida habían sido vividos de manera intensa, con placer su mano derecha  describía de forma resumida su paso por el mundo. Ella, mientras lo hacía, llamaba ante sus ojos a todos los protagonistas de su pasado, ahí estaba su primer amor, a ese amor loco de sexo en las oscuras esquinas de su ciudad; imagen que fue sustituida por otro amor, uno más platónico, lleno de las palabras de Shakespeare, de Whitman, de Borges, de Wolf.

    Volvió a las noches en que sentados en el borde de la fuente del parque de la Independencia, su cálida voz le hablaba de Romeo y su inconstancia, mientras la luna se escondía entre los eucaliptos, después llegó el rostro del amor absoluto, del amor libre, del ser que caminó a su lado por muchos años, entonces algo se quebró en su pecho, sintió las astillas de su corazón rompiéndole la carne, sintió que su sangre huía de su cauce normal y se derramaba por todos los orificios de su cuerpo dejando espacio para que el frío de la muerte se colara en su ser.

    Levantó la cabeza, ya casi sin fuerzas y miró al uniformado que impasible la contemplaba y recordó a los guardias del palacio real, y supo que hasta ahí había llegado, que ese era el final del camino, que no había vuelta atrás ni cambio de destinos. Entonces rompió el papel del formulario ante el rostro pálido del hombre, vio como los pedacitos iban cayendo lentamente sobre el asfalto húmedo, ahí estaba su infancia, sobrevolando un pequeño charco de agua lluvia, unos metros más adelante su familia se había estrellado contra el anden,  su domicilio, su número de identidad y teléfono volaban rasantes sobre la acera hasta detenerse junto al muro, sus amores en cambio tuvieron la suerte de ser empujados por una suave brisa, que en remolinos ligeros los elevaba por instantes para luego dejarlos descender, sin que llegaran a tocar de pleno el piso, justo en el momento en que podrían estrellarse contra el asfalto la brisa parecía retomar bríos y elevar el trozo de papel, sobre los tejados de las casas, sobre los pisos altos, sobre los puentes, sobre las cúpulas de las iglesias y eso le hizo sentir alivio, su alma, ya despojada de la pesadez de la  carne se elevó también en pos de sus amores para darse cuenta que se habían enredado en las agujas del reloj de la torre; entonces sintió el frío definitivo, la inmovilidad eterna y supo que ya no tendría más soles que la calentaran, que ya no habría más mañanas para rellenar, que jamás sus pies saldrían de esa cama enorme en que desde hace pocos días dormía sola y una lluvia salada inundó la ciudad. 

 

   Selvática

 


17 de Octubre, 2010, 8:24: GladysGeneral

 

Un segundo antes de abrir el bolso, Silvia vio el reflejo de su cara en la ventana lateral del autobús y sintió escalofrío. ¡Qué mal se encontraba! Esa cara, ese perfil, era el de una anciana y, claro, ella lo era pero lo había olvidado. En su memoria yacía aún el rostro de una joven de piel tersa y unos ojos ávidos de vida. Los de ahora se hallaban enrojecidos y cansados, empezando a velarse tras unas cataratas que presagiaban una oscura senectud.

-   Mujer, que no tengo todo el día – le dijo el chofer impaciente.

-    Ya, ya – respondió ella.

   Y sus manos se introdujeron torpemente en el bolso marrón en busca del monedero; un sudor frío empezó a recorrer su frente,  su espalda se curvó un poco más, agobiada por la prisa y por el peso de la vida que de un momento a otro se le cayó sobre los hombros.

   Había que aliviar ese peso, había que quitarse de encima tanta experiencia inútil y en un acto desesperado empezó a sacar cosas del bolso que iba lanzando de cualquier manera sobre el piso del vehículo. Lo primero que sacó fue un llavero, un llavero compuesto por una argolla que contenía las llaves del portal de su casa, la del apartamento y la del buzón de correos - ¿para qué quiero una llave de un buzón de correos si nadie nos escribe? Pensó-

    En el asiento delantero los ojos de una joven vieron caer el llavero en un vuelo fugaz contra la pata del asiento lateral y al escuchar el clom del acero mezclado con el tintineo de las llaves, su corazón se sintió ligero, supo que ya no amaba a ese hombre. Dios, - se dijo a sí misma la joven – he desperdiciado cinco años en una quimera, cómo es que no me di cuenta antes de que en realidad no lo amaba, sólo temía estar sola y ahora en cambio...

Del bolso de la anciana surgió ahora una polvera dorada gastada en los bordes que cayó rodando por la mitad del pasillo hasta llegar a la cuarta hilera de asientos donde un joven sintió el irresistible deseo de tomar esa polvera y...

- Llevo años pensando en hacerme la operación de cambio de sexo, y creo que el momento ha llegado – pensaba el joven mientras marcaba un número en su teléfono móvil –

El chofer se rascó la cabeza en un acto de impotencia y le ordenó a la anciana que se diera prisa. Ésta se hallaba muy pálida mirándolo fijamente, los ojos nublados por los lagrimones que bailaban en sus pupilas sin atreverse a resbalar de una buena vez mejillas abajo. Pero ella sólo veía una cara regordeta, grasosa y con barba de varios días que sonreía maléficamente y gritaba algo que lo obligaba a abrir la boca semejando un agujero rojo enmarcado por pelos negros y gruesos, luego, esa cara se multiplicó por mil diminutas cuevas negras con bigote y empezó a girar como si mil millones de voltios la dotaran de vida propia.

Fue entonces, en un acto de legítima defensa inconsciente cuando la anciana levantó el bolso, le dio la vuelta y dejó caer todo su contenido sobre el piso.

En un abrir y cerrar de ojos el autobús pareció conducirse por una autopista espacial perdiéndose en la distancia  en su recorrido hacía la nada.

 

 

 

 

- Señor, yo le recomiendo que vaya usted a ver a un siquiatra, eso es lo más absurdo que me han contado en la vida y no pretenderá que yo me juegue el prestigio de años y años de brillante carrera como detective, para buscar a una anciana, que dice que es su esposa, que se subió en un autobús, y que nunca más la volvió a ver.  Hombre, por favor, que usted ya no tiene edad.

Gladys

2 de Octubre, 2010, 13:13: SelváticaAlaprima





   Mientras él conduce por la autopista yo libero los pies de mis zapatos y los coloco sobre el salpicadero.
   El aire se desliza entre mis dedos como si un ángel me acariciara. Mi mirada va, de mis uñas pintadas de negro, al mentón de mi pareja. Parece esculpido por Miguel Angel.
   Las montañas se deslizan a nuestro lado silenciosas e imponentes pero cómplices, el viento juguetea con nuestros cuerpos, me levanta la falda y a él le revuelve el cabello. Suena nuestra canción. ¿Está la felicidad en el devenir?

Selvática
2 de Octubre, 2010, 12:58: SelváticaAlaprima

 


    La pareja va por la calle. Anochece. Su hijo adolescente los precede con cara de pocos amigos. Llegan a la esquina y de repente, el señor se desvanece y cae sobre el pavimento. La mujer y el chico tratan de reanimarlo. Ella le da palmadas en el rostro, el chico intenta pedir socorro con su teléfono. No lo consigue. Cambian, él ahora auxilia al señor, ella intenta llamar a los servicios de socorro, pero se hace un lío con el menú y le contesta alguien en alemán.

    Decide llamar a un vecino, éste viene corriendo en compañía de su mujer y en unos instantes logran reanimarlo y se lo llevan a casa.

   Ella se queda mirándolo, admira su cuerpo delgado, la elegancia con que siempre viste y el tono aceitunado de su piel.

   Ya en la casa, lo dejan en la cama. Viene una mujer vistiendo una erótica pijama. Las dos mujeres se miran y estallan los celos. Ese hombre escucha en silencio los reproches de su mujer mientras que la otra sonríe para sí, mientras piensa que ya falta poco para estar con él.


Selvática

2 de Octubre, 2010, 12:42: Selváticaminirelatos

   

    Ricardo salió del cementerio sintiendo que ya no era sincero. Veinte años de felicidad ya no pesaban en su alma, quizás por eso mismo su felicidad había sido completa. ¿Quién lo diría? Evocó el rostro de Angela. No sabía si por los ojos del amor o por los de la muerte, todavía la recordaba bella, joven y alegre. Sabía que se engañaba. Angela había muerto a los cincuenta, él tenía sesenta.

    Con sesenta años muchos empiezan una nueva vida. Él no quería empezar nada, ya había hecho lo que le gustaba. Empezó a caminar en dirección a la parada de autobús y fue enumerando las cosas que había hecho, sopesando la pasión o indiferencia con que las había abordado.  Se vio reflejado en la vitrina y se gustó. ¡Vamos! aún era atractivo. Por el reflejo del cristal vio venir el autobús y apresuradamente le hizo una señal, aunque sabía que era innecesaria, no era en realidad su ruta y el vehículo pasó de largo. Un hombre de mediana edad que montaba en bicicleta y esperaba en el paso de cebra le respondió el saludo.

     Ricardo se avergonzó. Quiso disculparse con el hombre, intentó aclararle que él no lo saludaba y que su seña se debía a que había creído que ese era su autobús. El hombre de la bicicleta le gritó algo y se alejó. Ricardo se sentía fatal. debía aclararle el mal entendido a ese hombre, no fuera a pensar que él era uno de esos desocupados que les gusta hacer tonterías con su tiempo libre, o alguien que simplemente ha perdido el seso.

    Empezó a correr detrás de la bicicleta en silencio. No quería dar voces. Debía seguirlo y en cuanto parara le aclararía la confusión.

     Agobiado y sintiendo que el corazón se le iba a estallar, Ricardo intentaba seguir al hombre de la bicicleta sin conseguirlo, con los puños apretados advirtió que la distancia entre el ciclista y él se hacía cada vez más amplia. Finalmente se quedó parado en medio de la calle intentando recuperar el aliento mientras la silueta del ciclista se perdía en la esquina de la calle 33.

    Volvió sobre sus pasos y al hacerlo sentía que iba devorando los momentos previos a su presente inmediato. Era como si la falta de oxigeno que le obligaba a abrir la boca exageradamente se hubiera convertido en el agujero de una aspiradora que absorbía los instantes vividos. Intentó cerrar la boca. No podía dejar que se tragara su vida entera, sus amores, su experiencia, sus amigos, sus recuerdos y a Angela. Se llevó las manos a la boca y corrió de regreso hasta llegar a la parada donde había empezado todo, volvió a mirarse al espejo y el vehículo equivocado también se detuvo, ya empezaba a respirar tranquilo, seguro de que su vida era suya y ni él mismo podía tragársela, sin embargo, en un descuido de sus propios sentimientos, volvió a levantar la mano para detener el autobús y el ciclista que esperaba en el paso de cebra le respondió el saludo…


Selvática

2 de Octubre, 2010, 12:16: GladysGeneral

   

    Presentó su trabajo y el jefe quedó encantado. Llamó a los ejecutivos más importantes de la compañía y les contó la idea, sin permitirle apuntar ni una sílaba. Todos asintieron, lo miraron admirados, luego vinieron las palmaditas en el hombro y los apretones de mano. Su ego se inflaba hasta amenazar con estallar en medio de aquella lujosa oficina.

    Después de un silencio incómodo, consideró que era prudente despedirse y volver a su despacho. Cuando avanzaba por el pasillo evocaba los rostros de los ejecutivos y con las manos en la espalda, cruzaba los dedos para que el cliente aprobara su proyecto.

    Se fue a comer sin hablar con nadie.

   Regresó y se encerró en su despacho, como no lograba tranquilizar a su espíritu, recurrió a su ordenador aturdiéndose con el solitario hasta las cinco.

    A esa hora, se levantó de su silla y con los ojos rojos por el esfuerzo - los solitarios a veces se ponen imposibles - fue hasta la oficina del jefe. Él no estaba allí. Se acercó a la imponente mesa de caoba reluciente y observó los impresos de su trabajo dispersos sobre la mesa.  Iba a salir de allí pero la curiosidad lo impulsó a levantar uno de los bocetos, e lugar de sus diseños habían colocado sobrias fotografías tomadas del google y sus textos, redactados como lo escribiría un niño, con dibujitos intercalados y mayúsculas deformadas eran ahora un bloque de texto en Arial 12.

    Entró el jefe.

    Sin dejarlo hablar le dijo que eran unos pequeños cambios pero que su idea conservaba toda la esencia.

    Sonrisa del jefe.

    Mierda en el pensamiento del empleado.

 

    A la salida, con los hombros caídos pensó que ya era tiempo de alzar la voz y que su trabajo se conociera tal y como lo había ideado.

    El sol se escondía ya tras los edificios pero el alma siguió vagando por las calles con los puños apretados.


Gladys

2 de Octubre, 2010, 12:08: GladysGeneral


   Recorrí la estancia varias veces, deseaba encontrar una bolsa, un saco grande o una caja donde colocar los restos de la historia de mi familia. Estaba decidida a llevármelos, no sé para qué y tampoco a quién le podrían interesar, pero no podía dejarlos ahí a la intemperie. Tenía que llevarlos conmigo, aunque después de unos meses seguramente terminarían empacados en hermosas cajas, con bolitas de naftalina encima de mi armario.

   Revolví y entre vestidos, corbatas, chalinas y cintas. Apareció un relicario de ébano atado con una cinta azul formando un ovillo que rodó a mis pies, como si tuviera vida propia. Me gustó. Ese artilugio era de lo más hermoso que había visto nunca y se conservaba bastante bien. Las cuentas brillaban como nuevas y la plata conservaba su lozanía. Lo acaricié, me lo probé ante el espejo roto y me sentí feliz, como si hubiera desenterrado un cofre de valiosas joyas. Jugando con él, saltó de mi mano y fue a estrellarse contra el piso abriendo su corazón de ébano para mostrarme las fotos de un hombre blanco y una mujer negra.

    Cada vez entendía menos. Me imaginé que ese relicario debía ser de algún sirviente, pero mi madre ya no me lo podía confirmar… entonces, ¿entonces?

Gladys