Recorrí la estancia varias veces, deseaba encontrar una bolsa, un saco grande o una caja donde colocar los restos de la historia de mi familia. Estaba decidida a llevármelos, no sé para qué y tampoco a quién le podrían interesar, pero no podía dejarlos ahí a la intemperie. Tenía que llevarlos conmigo, aunque después de unos meses seguramente terminarían empacados en hermosas cajas, con bolitas de naftalina encima de mi armario.

   Revolví y entre vestidos, corbatas, chalinas y cintas. Apareció un relicario de ébano atado con una cinta azul formando un ovillo que rodó a mis pies, como si tuviera vida propia. Me gustó. Ese artilugio era de lo más hermoso que había visto nunca y se conservaba bastante bien. Las cuentas brillaban como nuevas y la plata conservaba su lozanía. Lo acaricié, me lo probé ante el espejo roto y me sentí feliz, como si hubiera desenterrado un cofre de valiosas joyas. Jugando con él, saltó de mi mano y fue a estrellarse contra el piso abriendo su corazón de ébano para mostrarme las fotos de un hombre blanco y una mujer negra.

    Cada vez entendía menos. Me imaginé que ese relicario debía ser de algún sirviente, pero mi madre ya no me lo podía confirmar… entonces, ¿entonces?

Gladys