Presentó su trabajo y el jefe quedó encantado. Llamó a los ejecutivos más importantes de la compañía y les contó la idea, sin permitirle apuntar ni una sílaba. Todos asintieron, lo miraron admirados, luego vinieron las palmaditas en el hombro y los apretones de mano. Su ego se inflaba hasta amenazar con estallar en medio de aquella lujosa oficina.

    Después de un silencio incómodo, consideró que era prudente despedirse y volver a su despacho. Cuando avanzaba por el pasillo evocaba los rostros de los ejecutivos y con las manos en la espalda, cruzaba los dedos para que el cliente aprobara su proyecto.

    Se fue a comer sin hablar con nadie.

   Regresó y se encerró en su despacho, como no lograba tranquilizar a su espíritu, recurrió a su ordenador aturdiéndose con el solitario hasta las cinco.

    A esa hora, se levantó de su silla y con los ojos rojos por el esfuerzo - los solitarios a veces se ponen imposibles - fue hasta la oficina del jefe. Él no estaba allí. Se acercó a la imponente mesa de caoba reluciente y observó los impresos de su trabajo dispersos sobre la mesa.  Iba a salir de allí pero la curiosidad lo impulsó a levantar uno de los bocetos, e lugar de sus diseños habían colocado sobrias fotografías tomadas del google y sus textos, redactados como lo escribiría un niño, con dibujitos intercalados y mayúsculas deformadas eran ahora un bloque de texto en Arial 12.

    Entró el jefe.

    Sin dejarlo hablar le dijo que eran unos pequeños cambios pero que su idea conservaba toda la esencia.

    Sonrisa del jefe.

    Mierda en el pensamiento del empleado.

 

    A la salida, con los hombros caídos pensó que ya era tiempo de alzar la voz y que su trabajo se conociera tal y como lo había ideado.

    El sol se escondía ya tras los edificios pero el alma siguió vagando por las calles con los puños apretados.


Gladys