Ricardo salió del cementerio sintiendo que ya no era sincero. Veinte años de felicidad ya no pesaban en su alma, quizás por eso mismo su felicidad había sido completa. ¿Quién lo diría? Evocó el rostro de Angela. No sabía si por los ojos del amor o por los de la muerte, todavía la recordaba bella, joven y alegre. Sabía que se engañaba. Angela había muerto a los cincuenta, él tenía sesenta.

    Con sesenta años muchos empiezan una nueva vida. Él no quería empezar nada, ya había hecho lo que le gustaba. Empezó a caminar en dirección a la parada de autobús y fue enumerando las cosas que había hecho, sopesando la pasión o indiferencia con que las había abordado.  Se vio reflejado en la vitrina y se gustó. ¡Vamos! aún era atractivo. Por el reflejo del cristal vio venir el autobús y apresuradamente le hizo una señal, aunque sabía que era innecesaria, no era en realidad su ruta y el vehículo pasó de largo. Un hombre de mediana edad que montaba en bicicleta y esperaba en el paso de cebra le respondió el saludo.

     Ricardo se avergonzó. Quiso disculparse con el hombre, intentó aclararle que él no lo saludaba y que su seña se debía a que había creído que ese era su autobús. El hombre de la bicicleta le gritó algo y se alejó. Ricardo se sentía fatal. debía aclararle el mal entendido a ese hombre, no fuera a pensar que él era uno de esos desocupados que les gusta hacer tonterías con su tiempo libre, o alguien que simplemente ha perdido el seso.

    Empezó a correr detrás de la bicicleta en silencio. No quería dar voces. Debía seguirlo y en cuanto parara le aclararía la confusión.

     Agobiado y sintiendo que el corazón se le iba a estallar, Ricardo intentaba seguir al hombre de la bicicleta sin conseguirlo, con los puños apretados advirtió que la distancia entre el ciclista y él se hacía cada vez más amplia. Finalmente se quedó parado en medio de la calle intentando recuperar el aliento mientras la silueta del ciclista se perdía en la esquina de la calle 33.

    Volvió sobre sus pasos y al hacerlo sentía que iba devorando los momentos previos a su presente inmediato. Era como si la falta de oxigeno que le obligaba a abrir la boca exageradamente se hubiera convertido en el agujero de una aspiradora que absorbía los instantes vividos. Intentó cerrar la boca. No podía dejar que se tragara su vida entera, sus amores, su experiencia, sus amigos, sus recuerdos y a Angela. Se llevó las manos a la boca y corrió de regreso hasta llegar a la parada donde había empezado todo, volvió a mirarse al espejo y el vehículo equivocado también se detuvo, ya empezaba a respirar tranquilo, seguro de que su vida era suya y ni él mismo podía tragársela, sin embargo, en un descuido de sus propios sentimientos, volvió a levantar la mano para detener el autobús y el ciclista que esperaba en el paso de cebra le respondió el saludo…


Selvática