17 de Octubre, 2010, 8:37: Selváticaminirelatos


        Al llegar a la estación, un uniformado le entregó un formulario que debía ser llenado minuciosamente, aclarándole que todo lo que declarara allí sería tomado en cuenta y analizado concienzudamente.

   Ella, como siempre le sucedía ante esos trámites burocráticos lo llenó apresuradamente.  Sin detenerse a  pensar, colocó su nombre en el espacio correspondiente, seguido de su apellido, luego su domicilio, su número de teléfono, el código postal, el nombre de padres, esposo e hijos. Más adelante llenó las casillas correspondientes a profesión, dinero declarado,  estudios realizados, experiencia profesional... Dios, iba a necesitar una hoja suplementaria para dejar constancia de toda su experiencia, ¡ganada a pulso! Al cabo de unos cuantos minutos y al reverso encontró casillas para citar sus múltiples relaciones; un sentimiento de orgullo y satisfacción iba inundando su pecho. Esto era una vida plena, sus días, sus años, sus segundos de vida habían sido vividos de manera intensa, con placer su mano derecha  describía de forma resumida su paso por el mundo. Ella, mientras lo hacía, llamaba ante sus ojos a todos los protagonistas de su pasado, ahí estaba su primer amor, a ese amor loco de sexo en las oscuras esquinas de su ciudad; imagen que fue sustituida por otro amor, uno más platónico, lleno de las palabras de Shakespeare, de Whitman, de Borges, de Wolf.

    Volvió a las noches en que sentados en el borde de la fuente del parque de la Independencia, su cálida voz le hablaba de Romeo y su inconstancia, mientras la luna se escondía entre los eucaliptos, después llegó el rostro del amor absoluto, del amor libre, del ser que caminó a su lado por muchos años, entonces algo se quebró en su pecho, sintió las astillas de su corazón rompiéndole la carne, sintió que su sangre huía de su cauce normal y se derramaba por todos los orificios de su cuerpo dejando espacio para que el frío de la muerte se colara en su ser.

    Levantó la cabeza, ya casi sin fuerzas y miró al uniformado que impasible la contemplaba y recordó a los guardias del palacio real, y supo que hasta ahí había llegado, que ese era el final del camino, que no había vuelta atrás ni cambio de destinos. Entonces rompió el papel del formulario ante el rostro pálido del hombre, vio como los pedacitos iban cayendo lentamente sobre el asfalto húmedo, ahí estaba su infancia, sobrevolando un pequeño charco de agua lluvia, unos metros más adelante su familia se había estrellado contra el anden,  su domicilio, su número de identidad y teléfono volaban rasantes sobre la acera hasta detenerse junto al muro, sus amores en cambio tuvieron la suerte de ser empujados por una suave brisa, que en remolinos ligeros los elevaba por instantes para luego dejarlos descender, sin que llegaran a tocar de pleno el piso, justo en el momento en que podrían estrellarse contra el asfalto la brisa parecía retomar bríos y elevar el trozo de papel, sobre los tejados de las casas, sobre los pisos altos, sobre los puentes, sobre las cúpulas de las iglesias y eso le hizo sentir alivio, su alma, ya despojada de la pesadez de la  carne se elevó también en pos de sus amores para darse cuenta que se habían enredado en las agujas del reloj de la torre; entonces sintió el frío definitivo, la inmovilidad eterna y supo que ya no tendría más soles que la calentaran, que ya no habría más mañanas para rellenar, que jamás sus pies saldrían de esa cama enorme en que desde hace pocos días dormía sola y una lluvia salada inundó la ciudad. 

 

   Selvática

 


17 de Octubre, 2010, 8:24: GladysGeneral

 

Un segundo antes de abrir el bolso, Silvia vio el reflejo de su cara en la ventana lateral del autobús y sintió escalofrío. ¡Qué mal se encontraba! Esa cara, ese perfil, era el de una anciana y, claro, ella lo era pero lo había olvidado. En su memoria yacía aún el rostro de una joven de piel tersa y unos ojos ávidos de vida. Los de ahora se hallaban enrojecidos y cansados, empezando a velarse tras unas cataratas que presagiaban una oscura senectud.

-   Mujer, que no tengo todo el día – le dijo el chofer impaciente.

-    Ya, ya – respondió ella.

   Y sus manos se introdujeron torpemente en el bolso marrón en busca del monedero; un sudor frío empezó a recorrer su frente,  su espalda se curvó un poco más, agobiada por la prisa y por el peso de la vida que de un momento a otro se le cayó sobre los hombros.

   Había que aliviar ese peso, había que quitarse de encima tanta experiencia inútil y en un acto desesperado empezó a sacar cosas del bolso que iba lanzando de cualquier manera sobre el piso del vehículo. Lo primero que sacó fue un llavero, un llavero compuesto por una argolla que contenía las llaves del portal de su casa, la del apartamento y la del buzón de correos - ¿para qué quiero una llave de un buzón de correos si nadie nos escribe? Pensó-

    En el asiento delantero los ojos de una joven vieron caer el llavero en un vuelo fugaz contra la pata del asiento lateral y al escuchar el clom del acero mezclado con el tintineo de las llaves, su corazón se sintió ligero, supo que ya no amaba a ese hombre. Dios, - se dijo a sí misma la joven – he desperdiciado cinco años en una quimera, cómo es que no me di cuenta antes de que en realidad no lo amaba, sólo temía estar sola y ahora en cambio...

Del bolso de la anciana surgió ahora una polvera dorada gastada en los bordes que cayó rodando por la mitad del pasillo hasta llegar a la cuarta hilera de asientos donde un joven sintió el irresistible deseo de tomar esa polvera y...

- Llevo años pensando en hacerme la operación de cambio de sexo, y creo que el momento ha llegado – pensaba el joven mientras marcaba un número en su teléfono móvil –

El chofer se rascó la cabeza en un acto de impotencia y le ordenó a la anciana que se diera prisa. Ésta se hallaba muy pálida mirándolo fijamente, los ojos nublados por los lagrimones que bailaban en sus pupilas sin atreverse a resbalar de una buena vez mejillas abajo. Pero ella sólo veía una cara regordeta, grasosa y con barba de varios días que sonreía maléficamente y gritaba algo que lo obligaba a abrir la boca semejando un agujero rojo enmarcado por pelos negros y gruesos, luego, esa cara se multiplicó por mil diminutas cuevas negras con bigote y empezó a girar como si mil millones de voltios la dotaran de vida propia.

Fue entonces, en un acto de legítima defensa inconsciente cuando la anciana levantó el bolso, le dio la vuelta y dejó caer todo su contenido sobre el piso.

En un abrir y cerrar de ojos el autobús pareció conducirse por una autopista espacial perdiéndose en la distancia  en su recorrido hacía la nada.

 

 

 

 

- Señor, yo le recomiendo que vaya usted a ver a un siquiatra, eso es lo más absurdo que me han contado en la vida y no pretenderá que yo me juegue el prestigio de años y años de brillante carrera como detective, para buscar a una anciana, que dice que es su esposa, que se subió en un autobús, y que nunca más la volvió a ver.  Hombre, por favor, que usted ya no tiene edad.

Gladys