Un segundo antes de abrir el bolso, Silvia vio el reflejo de su cara en la ventana lateral del autobús y sintió escalofrío. ¡Qué mal se encontraba! Esa cara, ese perfil, era el de una anciana y, claro, ella lo era pero lo había olvidado. En su memoria yacía aún el rostro de una joven de piel tersa y unos ojos ávidos de vida. Los de ahora se hallaban enrojecidos y cansados, empezando a velarse tras unas cataratas que presagiaban una oscura senectud.

-   Mujer, que no tengo todo el día – le dijo el chofer impaciente.

-    Ya, ya – respondió ella.

   Y sus manos se introdujeron torpemente en el bolso marrón en busca del monedero; un sudor frío empezó a recorrer su frente,  su espalda se curvó un poco más, agobiada por la prisa y por el peso de la vida que de un momento a otro se le cayó sobre los hombros.

   Había que aliviar ese peso, había que quitarse de encima tanta experiencia inútil y en un acto desesperado empezó a sacar cosas del bolso que iba lanzando de cualquier manera sobre el piso del vehículo. Lo primero que sacó fue un llavero, un llavero compuesto por una argolla que contenía las llaves del portal de su casa, la del apartamento y la del buzón de correos - ¿para qué quiero una llave de un buzón de correos si nadie nos escribe? Pensó-

    En el asiento delantero los ojos de una joven vieron caer el llavero en un vuelo fugaz contra la pata del asiento lateral y al escuchar el clom del acero mezclado con el tintineo de las llaves, su corazón se sintió ligero, supo que ya no amaba a ese hombre. Dios, - se dijo a sí misma la joven – he desperdiciado cinco años en una quimera, cómo es que no me di cuenta antes de que en realidad no lo amaba, sólo temía estar sola y ahora en cambio...

Del bolso de la anciana surgió ahora una polvera dorada gastada en los bordes que cayó rodando por la mitad del pasillo hasta llegar a la cuarta hilera de asientos donde un joven sintió el irresistible deseo de tomar esa polvera y...

- Llevo años pensando en hacerme la operación de cambio de sexo, y creo que el momento ha llegado – pensaba el joven mientras marcaba un número en su teléfono móvil –

El chofer se rascó la cabeza en un acto de impotencia y le ordenó a la anciana que se diera prisa. Ésta se hallaba muy pálida mirándolo fijamente, los ojos nublados por los lagrimones que bailaban en sus pupilas sin atreverse a resbalar de una buena vez mejillas abajo. Pero ella sólo veía una cara regordeta, grasosa y con barba de varios días que sonreía maléficamente y gritaba algo que lo obligaba a abrir la boca semejando un agujero rojo enmarcado por pelos negros y gruesos, luego, esa cara se multiplicó por mil diminutas cuevas negras con bigote y empezó a girar como si mil millones de voltios la dotaran de vida propia.

Fue entonces, en un acto de legítima defensa inconsciente cuando la anciana levantó el bolso, le dio la vuelta y dejó caer todo su contenido sobre el piso.

En un abrir y cerrar de ojos el autobús pareció conducirse por una autopista espacial perdiéndose en la distancia  en su recorrido hacía la nada.

 

 

 

 

- Señor, yo le recomiendo que vaya usted a ver a un siquiatra, eso es lo más absurdo que me han contado en la vida y no pretenderá que yo me juegue el prestigio de años y años de brillante carrera como detective, para buscar a una anciana, que dice que es su esposa, que se subió en un autobús, y que nunca más la volvió a ver.  Hombre, por favor, que usted ya no tiene edad.

Gladys