Al llegar a la estación, un uniformado le entregó un formulario que debía ser llenado minuciosamente, aclarándole que todo lo que declarara allí sería tomado en cuenta y analizado concienzudamente.

   Ella, como siempre le sucedía ante esos trámites burocráticos lo llenó apresuradamente.  Sin detenerse a  pensar, colocó su nombre en el espacio correspondiente, seguido de su apellido, luego su domicilio, su número de teléfono, el código postal, el nombre de padres, esposo e hijos. Más adelante llenó las casillas correspondientes a profesión, dinero declarado,  estudios realizados, experiencia profesional... Dios, iba a necesitar una hoja suplementaria para dejar constancia de toda su experiencia, ¡ganada a pulso! Al cabo de unos cuantos minutos y al reverso encontró casillas para citar sus múltiples relaciones; un sentimiento de orgullo y satisfacción iba inundando su pecho. Esto era una vida plena, sus días, sus años, sus segundos de vida habían sido vividos de manera intensa, con placer su mano derecha  describía de forma resumida su paso por el mundo. Ella, mientras lo hacía, llamaba ante sus ojos a todos los protagonistas de su pasado, ahí estaba su primer amor, a ese amor loco de sexo en las oscuras esquinas de su ciudad; imagen que fue sustituida por otro amor, uno más platónico, lleno de las palabras de Shakespeare, de Whitman, de Borges, de Wolf.

    Volvió a las noches en que sentados en el borde de la fuente del parque de la Independencia, su cálida voz le hablaba de Romeo y su inconstancia, mientras la luna se escondía entre los eucaliptos, después llegó el rostro del amor absoluto, del amor libre, del ser que caminó a su lado por muchos años, entonces algo se quebró en su pecho, sintió las astillas de su corazón rompiéndole la carne, sintió que su sangre huía de su cauce normal y se derramaba por todos los orificios de su cuerpo dejando espacio para que el frío de la muerte se colara en su ser.

    Levantó la cabeza, ya casi sin fuerzas y miró al uniformado que impasible la contemplaba y recordó a los guardias del palacio real, y supo que hasta ahí había llegado, que ese era el final del camino, que no había vuelta atrás ni cambio de destinos. Entonces rompió el papel del formulario ante el rostro pálido del hombre, vio como los pedacitos iban cayendo lentamente sobre el asfalto húmedo, ahí estaba su infancia, sobrevolando un pequeño charco de agua lluvia, unos metros más adelante su familia se había estrellado contra el anden,  su domicilio, su número de identidad y teléfono volaban rasantes sobre la acera hasta detenerse junto al muro, sus amores en cambio tuvieron la suerte de ser empujados por una suave brisa, que en remolinos ligeros los elevaba por instantes para luego dejarlos descender, sin que llegaran a tocar de pleno el piso, justo en el momento en que podrían estrellarse contra el asfalto la brisa parecía retomar bríos y elevar el trozo de papel, sobre los tejados de las casas, sobre los pisos altos, sobre los puentes, sobre las cúpulas de las iglesias y eso le hizo sentir alivio, su alma, ya despojada de la pesadez de la  carne se elevó también en pos de sus amores para darse cuenta que se habían enredado en las agujas del reloj de la torre; entonces sintió el frío definitivo, la inmovilidad eterna y supo que ya no tendría más soles que la calentaran, que ya no habría más mañanas para rellenar, que jamás sus pies saldrían de esa cama enorme en que desde hace pocos días dormía sola y una lluvia salada inundó la ciudad. 

 

   Selvática