Al verla entrar y dirigirse hacía su mesa acompañada de su amiga, en su pecho se desató una tormenta, la sangre corría veloz por sus venas y tuvo que entornar los ojos para poder apreciar a esa mujer que parecía envuelta en una luz sobrenatural; sus manos temblaron. Las metió en los bolsillos para disimular y miró para otro lado. Seguro que no se ha dado cuenta. Al fondo,  la cafetería llena de familias que tomaban un aperitivo antes de irse a preparar la cena, los pijamas, o ver su programa favorito en la tele. A esa misma hora, él estaría durmiendo o por lo menos acostado masturbándose mientras aparecía el sueño y el reloj lo despertara a las cuatro de la madrugada. Pensar en eso le dio cierto sosiego.

     Ella reía con su amiga y los cabellos resbalaban por sus hombros, los ojos se le cerraban en una línea curva como un dibujo de cómic manga. su risa era contagiosa, a él mismo, que ya tenía la piel momificada, reír le producía un dolor placentero en las mejillas, algo se le estaba resquebrajando y había empezado por su cara.

     Las familias que tomaban el aperitivo parecían haberse esfumado. ¿A dónde habían ido? Si apenas unos segundos antes, cuando ella empezó a reír, todo el mundo estaba ahí, con sus urgencias, sus voces chillonas, los camareros recorrían el pasillo atareados con sus bandejas llenas de sanduches y refrescos, ¿por qué ahora estaban las mesas vacías?

     ¿Qué pasaría cuando ella dejara de reír? Sin duda la conversación seguiría y en algún momento él tendría que sacar las manos de sus bolsillos. El refresco servido ante si, tenía que consumirse de alguna manera, sería muy raro que lo dejara ahí después de haberlo pedido, además, temía lo que le diría su amiga la mañana siguiente, cuando entrara en la panadería y le preguntara cómo le había parecido la amiga que le había presentado, pero sus manos…

           

 

      ¿Qué tal la cita de anoche viejo?

      Bien, bien, cayó rendida, a esa ya la tengo ...

      Salud!!!! Ponme una caña Viejo.


Gladys