Estiró las piernas, apagó la tele. Hoy particularmente se encontraba aburrido. No había fútbol, y las series que ponían en la tele, seguramente habían sido favoritas cuando los dinosaurios veían teleDiez. Cerró con fuerza los ojos, le dolían y estaban rojos, pero, ¿qué hacer? Su turno apenas había empezado y a no ser que llegaran urgencias, iba a tener una noche bastante aburrida y exasperante. Una mierda no haber comprado aquella revista de sopa de letras, por lo menos tendría algo qué hacer.

     Se acercó a la ventana. La noche oscura no le devolvió ni una sombra con que fantasear, era sólo un agujero negro en el que había desaparecido el mundo. Como mi vida - pensó - casi sin darse cuenta. Decidió estirar las piernas y mientras hacía ejercicios de estiramiento, se iba adentrando a la zona en que los pacientes dormían. Sin saber por qué estiró la mano derecha y con la punta de sus dedos recorría la superficie de las paredes mientras caminaba, como cuando era chico y corría pegadito a los muros de las casas.

     Volvió a sentir el aire en su rostro y se asustó. Una vuelta al presente en esas condiciones jodía en el pecho. Un suspiro llegó a sus oídos.  Se detuvo, una vacilante luz verde llamó su atención. Alguien debía de estar cargando un móvil o un aparato de música. Corrió la cortina y se fijó en el rostro arrugado de una mujer que con su dedo sobre los labios le pedía silencio.

     En silencio se acercó, iba a preguntarle como se sentía, pero se sintió ridículo  así que decidió acercarse a ella en silencio. Ella lo miró,  le sonrió con los ojos. Se sentó a su lado. Ella le tomó la mano y jugueteó con sus venas. Ya no se sentía aburrido, al contrario, no quería que el tiempo pasara. Por él, se estaría toda la noche al lado de la anciana dejando que ella acariciara las venas de su mano. Por primera vez en todos los años que llevaba trabajando en la clínica se sintió feliz en su turno de noche.

    El timbre de urgencias lo asustó y lamentando la intromisión, tuvo que desprenderse de la mano de la anciana y correr a recibir la ambulancia, como era su deber, aunque sus deseos estaban en la habitación 0017 de la primera planta. Con la imagen de la anciana tras la retina, ayudó con los ingresados, corrió con las enfermeras, desmontó camillas y organizó papeles hasta que el agujero negro de la entrada le desveló los mismos árboles que veía todos los días, pero que hoy, parecía que una mano maravillosa los hubiera limpiado hoja por hoja. Una llamada de su mujer - que lo esperaba en el aparcamiento le impidió ir a despedirse de la anciana.

     Todo el día, estuve pensando en ella, imaginando como se dejaba asear, como obedecía a los médicos y se preparaba para recibir a sus parientes… o a lo mejor no tenía a nadie que la visitara. Al llegar su hija del colé, decidió ir con ella al parque, quería disfrutar de su hija, aprovechando al máximo su día libre con ese pequeñaja que, aunque tuviera pataletas, siempre le hacía sonreír.

     De regreso a casa, decidió invitar a su hija a un helado e ir dando un lento rodeo  para observar con que placer se lo devoraba. Al ver la cara de su hija sintió un impulso. La tomó de la mano, corrieron hasta el garaje, sacó el coche y sentó a su hija en el asiento de atrás sin pensar en nada,  hasta que aparcó ante la clínica. Bajo con su hija, apenas si se detuvo a saludar a Ramírez - el celador de día - y se encaminó a la habitación de la anciana. Ella lo vio venir, le sonrió otra vez con los ojos y él le presentó a su hija. La niña besó a la mujer y le contó lo bien que se lo pasaba en el parque, lo que le gustaba el chocolate y cómo se derretía en su boca al morder el helado y…

     Mientras ella hablaba sin parar, las manos pecosas y arrugadas jugueteaban con las diminutas venas de la mano de la niña.


Gladys