16 de Noviembre, 2010, 12:57: Selváticaminirelatos


       

     He vuelto a mi ciudad. He sentido el calor de la familia, pero entre la tibieza de sus cuerpos y el mío hay un espacio que debo llenar.

     Ese espacio será mi centro gravitacional y sólo cuando se establezca, las relaciones entre nosotros serán más fluidas.

     Salgo en busca de ese espacio, anoto los teléfonos que anuncian alquileres. Atravieso la ciudad, sé exactamente dónde buscar.

      Alrededor de la biblioteca, ¡eso es!

     Veo algunos posibles pisos, me entero de los precios y hago cálculos. La noche va cayendo. Entro en la biblioteca.

     Allí, en el baño hay dos mujeres maquillándose para una representación. Me uno a ellas, pongo pintura verde sobre mi rostro, noto como mis rasgos personales van desapareciendo. Me convierto en otra.

     En vez de quedarme a la representación, salgo a la calle con mi nueva cara.

     Ya se estableció el campo gravitacional.


Selvática

16 de Noviembre, 2010, 12:53: SelváticaAlaprima

          La familia aprovecha el buen tiempo para escapar al campo, van todos los que quieren y los que se auto invitan. Sobran manos para preparar el asadero.

    Yo me paseo entre ellos, saludo y hablo con los amigos, voy soltando verbos insustanciales a unos y otros. Sé que en cualquier momento él aparecerá. Ya me dio la sorpresa la noche anterior. Lo vi llegar y al acercarse a mi, sentí que el tiempo no había pasado por nosotros. La misma sensación cálida, la misma mirada,  la misma tibieza de su cuerpo, el mismo amor que nos mantuvo unidos tantos años. él volvía y a mi me parecía lo más natural, en el fondo creo que nunca se fue.

    Hoy hará su aparición ante los demás, su hijo, sus padres, sus amigos. Su hijo volverá a estar orgulloso de él. Imagino lo que siente el chico, el tono alegre de su voz al contarle a sus amigos que su padre ha vuelto.

    ¿Y su madre? A ella tendremos que decírselo con cuidado.

    Ya el olor de las chuletas inunda el parque, el sol calienta la tierra y llega él.

    No ha cambiado nada, quizá uno no cambia después de muerto. Se acerca a mi, le pregunto cómo se lo vamos a decir a los demás. Un perro empieza a ladrar furioso, él se sienta en la rama baja de un árbol y se camufla con ésta, igual que aquel insecto que adquiere la forma del árbol que lo sostiene para protegerse de sus enemigos. De su cuerpo empieza a encenderse miles de lucesitas titilantes.

     El perro ya no ladra.


       Selvática


16 de Noviembre, 2010, 12:42: GladysGeneral

     Ella baila feliz. El mundo gira en la punta de su dedo índice, su palabra llega a los oídos de los demás en una clara sinfonía que nadie quiere perderse. Su sonrisa enamora y el mundo cae rendido a sus pies; para ella no se hicieron las dificultades, ni las piedras en el camino, porque por más grandes y fuertes que sean, ella las esquiva como un gran guerrero o las salta ágilmente.

      Fue entrenada para lo peor, en su más tierna infancia le dieron las armas adecuadas para cada necesidad y la hicieron diestra en su uso. Ahora, pasada la época del aprendizaje, ella puntualmente cumple su cometido y si alguna vez flaquea, la sonrisa y la mirada de su padre están detrás de sus párpados para insuflarle nuevas fuerzas.

      Así, los años se convirtieron en contenedores de triunfos y a medida que sumaba décadas, más contenedores necesitaba.  Pero por más grande que sea el mundo, tiene una capacidad límite y un día, empezó a sentir que necesitaba más espacio para sus contenedores de éxitos y por primera vez se tomó un tiempo para pensar, concluyendo que físicamente ya no disponía de lugar y se le ocurrió que la única solución a sus problemas de espacio, era la eliminación de aquellos contenedores más antiguos o que significaran menos para su vida personal que otros. En conclusión, tuvo que elegir.

     Sacó a relucir el espíritu crítico con que su padre la había dotado desde su primera infancia y plena de confianza, volvió sobre sus pasos, empezó a sacar las hilachas de sus antiguos triunfos para desaparecerlas. Sus manos se reencontraron con antiguas casitas de muñecas,  con fotografías de sus primeros amores platónicos, con hilitos de colores que sin embargo, aún olían a besos primeros, fotos amarillentas de una mujer a los diez, a los quince, a los veinte, a los treinta… una mujer que era ella en todas las posiciones habidas y por haber, de frente, de lado, sentada, de pie sobre una montaña o tumbada al borde de una piscina, o caminando al lado de un guapo universitario.

     Los recuerdos empezaron a sobrepasar su cuerpo físico, eran demasiados cachivaches a punto de asfixiarla y el tiempo, como una bola de fuego naciendo desde su estómago la impulsaba con urgencia a abrir espacio. Cerró los ojos, decidió salir al patio con los brazos llenos de todo aquello que podía transportar y en mitad de éste hizo una pequeña montaña a la que prendió fuego. Las llamas al principio parecían tener miedo de consumir la vida, sin embargo, está en su naturaleza hacerlo y muy pronto la devoraron con gran placer y afán.

     Su ser se sintió más ligero y esto le dio mayor brío para buscar más recuerdos, volvió a los contenedores, los viajes entre su pasado y la hoguera de su presente fueron cada vez más frecuentes, en tanto, las llamas se hacían más ávidas. El fulgor del fuego brilló en sus retinas, el calor la hizo retroceder a pesar de sí misma. Siempre le enseñaron a caminar, o a saltar, o a luchar de frente. Ahora en cambio debía retroceder pero las piernas no le obedecían. El fuego avanzaba, ya casi lamía la punta de sus lujosas enaguas, los zapatos diseñados por su modisto preferido empezaban a contraerse, y muy cerca de su nariz, el olor a chamusquina de sus propios cabellos casi la enloquece y por un instante se vio envuelta en llamas gritando hasta que la garganta se le desgarraba en jirones de carne sanguinolenta que ella con sus propias manos agilizaba la labor destructiva.

     Cuando ya las rodillas le flaqueaban, justo en el instante decisivo, la sonrisa de su padre venció las llamas y se dibujó ante sus pestañas chamuscadas, una fuerza potente la invadió y saltó sobre el fuego poniéndose a salvo. No volvió la vista atrás, no quiso volver a mirar las llamas. convencida de que si no las miraba, éstas dejarían de existir… además no tenía tiempo, su futuro había sufrido una pausa y había que recuperar el tiempo perdido.


    Gladys

16 de Noviembre, 2010, 12:38: GladysGeneral


     El éxito le llegó cuando se encontraba en lo que se suele llamar la mitad de la vida, en esos instantes en que la experiencia empieza a jugar un papel importante y se tiene la distancia suficiente para ver el bosque completo.

     Nunca se hizo muchas ilusiones, aunque lo presentía, pero la duda le hacía prudente no creía ser el ganador. No confiaba mucho en sí mismo. Los años le habían demostrado que no basta con creerse las cosas, siempre pasaba lo mismo, el ganador era otro, algunas veces alguien cercano a él, otras, un total desconocido que encandilaba los jurados con su estilo. No bastaban aquellas señales que había ido adoptando a lo largo de tantos años de participar en concursos: un presentimiento, el sudor en las manos, la angustia en el estómago, cruzarse con un gato negro, ver revolotear una libélula alrededor suyo, tampoco las palabras de apoyo de sus amigos. Cuando el jurado nombraba el ganador, él volvía a sentirse un fracasado. Volvía a su casa y usaba las palabras, ya no para contar historias, sino para darse látigo, como los monjes en los conventos de clausura. Nadie se odiaba tanto cómo él mismo.

    Al cabo de un tiempo, a veces demasiado largo, cuando en su cuerpo ya no quedaba un solo lugar al que golpear con sus palabras insultantes, decidía que ya estaba bien de flagelación y salía a la calle en busca de inspiración. A veces era un anciano sentado en un parque quien le sugería historias maravillosas o una niña lamiendo un helado,  un atardecer especialmente espectacular, a veces, las musas suelen camuflarse perfectamente.

    Cuando eso sucedía, su cuerpo parecía estallar, las palabras lo ahogaban y buscaban salida de cualquier manera obligándolo a abandonar el mundo real hasta que una vez ponía el punto final, se sentía aliviado y ligero. La sonrisa se dibujaba en sus labios,  la armonía se restablecía entre él y el mundo. Por días o meses abandonaba el látigo en cualquier rincón.

    Los folios desbordaban su mesa, se fumaba un cigarrillo y empezaba el proceso de corrección, quitaba párrafos enteros o se extendía en otros hasta quedar satisfecho con su obra. Luego, iba a la fotocopiadora, hacía varias copias, las envolvía y la mandaba al primer concurso jugoso que encontraba digno de leerla.  Este mismo proceso había seguido en todos sus detalles con ésta, aunque en el fondo de su corazón no creía mucho en ella, es más casi ni le gustaba y se imaginaba que a nadie le interesaría leer aquello. Su novela era rara, como él mismo, cargada de veneno y amargura, como él mismo. Sin embargo la envió.

    Los días pasaron y él siguió con sus rutinas, escribiendo otras cosas, a veces, cuando le fallaba la inspiración, jugaba a crear vidas absurdas, un clavo, por ejemplo, y se expandía en los detalles sentimentales del clavo. Todo para no pensar en el nuevo fracaso.

    La hora anunciada para el fallo del concurso, llegó precedida de un atardecer cálido, así que decidió que esta vez no resistiría otra sesión de látigos, su cuerpo y su mente ya estaban saturados de desventuras, pensó en huir a una isla desierta, pero al doblar la esquina se dio cuenta de lo tonto de su idea. Ya no existían las islas desiertas… ¿o si?

     No salió más a la calle durante el día. Por la noche en cambio vagaba por la ciudad mirando las basuras, se tomaba su tiempo escogiendo la ropa que otros abandonaban; con los muebles rotos, en cambio, solía entretenerse un poco más, ya que exploraba las posibilidades de recuperación: una pata rota, un tejido desgarrado, un tornillo suelto… todo eso tenía arreglo; con la comida en cambio no disfrutaba mucho, todo olía mal o estaba lleno de gusanos, así que pasaba de los contenedores cercanos a los restaurantes.

 

     De pronto sintió que esa no era su voz. Alguien estaba pronunciando un discurso diferente al que había escrito la noche anterior, por si acaso ganaba el premio. Él no era tan patético, jamás abandonó el mundo y menos aún vagabundeaba por la noche hurgando en los contenedores de basura. Calló un instante y los rostros de los asistentes a la entrega del premio lo miraban expectantes.

      Me la vas a pagar maldito se dijo a sí mismo y decidió leer el capítulo diez de su novela premiada.


    Gladys