Ella baila feliz. El mundo gira en la punta de su dedo índice, su palabra llega a los oídos de los demás en una clara sinfonía que nadie quiere perderse. Su sonrisa enamora y el mundo cae rendido a sus pies; para ella no se hicieron las dificultades, ni las piedras en el camino, porque por más grandes y fuertes que sean, ella las esquiva como un gran guerrero o las salta ágilmente.

      Fue entrenada para lo peor, en su más tierna infancia le dieron las armas adecuadas para cada necesidad y la hicieron diestra en su uso. Ahora, pasada la época del aprendizaje, ella puntualmente cumple su cometido y si alguna vez flaquea, la sonrisa y la mirada de su padre están detrás de sus párpados para insuflarle nuevas fuerzas.

      Así, los años se convirtieron en contenedores de triunfos y a medida que sumaba décadas, más contenedores necesitaba.  Pero por más grande que sea el mundo, tiene una capacidad límite y un día, empezó a sentir que necesitaba más espacio para sus contenedores de éxitos y por primera vez se tomó un tiempo para pensar, concluyendo que físicamente ya no disponía de lugar y se le ocurrió que la única solución a sus problemas de espacio, era la eliminación de aquellos contenedores más antiguos o que significaran menos para su vida personal que otros. En conclusión, tuvo que elegir.

     Sacó a relucir el espíritu crítico con que su padre la había dotado desde su primera infancia y plena de confianza, volvió sobre sus pasos, empezó a sacar las hilachas de sus antiguos triunfos para desaparecerlas. Sus manos se reencontraron con antiguas casitas de muñecas,  con fotografías de sus primeros amores platónicos, con hilitos de colores que sin embargo, aún olían a besos primeros, fotos amarillentas de una mujer a los diez, a los quince, a los veinte, a los treinta… una mujer que era ella en todas las posiciones habidas y por haber, de frente, de lado, sentada, de pie sobre una montaña o tumbada al borde de una piscina, o caminando al lado de un guapo universitario.

     Los recuerdos empezaron a sobrepasar su cuerpo físico, eran demasiados cachivaches a punto de asfixiarla y el tiempo, como una bola de fuego naciendo desde su estómago la impulsaba con urgencia a abrir espacio. Cerró los ojos, decidió salir al patio con los brazos llenos de todo aquello que podía transportar y en mitad de éste hizo una pequeña montaña a la que prendió fuego. Las llamas al principio parecían tener miedo de consumir la vida, sin embargo, está en su naturaleza hacerlo y muy pronto la devoraron con gran placer y afán.

     Su ser se sintió más ligero y esto le dio mayor brío para buscar más recuerdos, volvió a los contenedores, los viajes entre su pasado y la hoguera de su presente fueron cada vez más frecuentes, en tanto, las llamas se hacían más ávidas. El fulgor del fuego brilló en sus retinas, el calor la hizo retroceder a pesar de sí misma. Siempre le enseñaron a caminar, o a saltar, o a luchar de frente. Ahora en cambio debía retroceder pero las piernas no le obedecían. El fuego avanzaba, ya casi lamía la punta de sus lujosas enaguas, los zapatos diseñados por su modisto preferido empezaban a contraerse, y muy cerca de su nariz, el olor a chamusquina de sus propios cabellos casi la enloquece y por un instante se vio envuelta en llamas gritando hasta que la garganta se le desgarraba en jirones de carne sanguinolenta que ella con sus propias manos agilizaba la labor destructiva.

     Cuando ya las rodillas le flaqueaban, justo en el instante decisivo, la sonrisa de su padre venció las llamas y se dibujó ante sus pestañas chamuscadas, una fuerza potente la invadió y saltó sobre el fuego poniéndose a salvo. No volvió la vista atrás, no quiso volver a mirar las llamas. convencida de que si no las miraba, éstas dejarían de existir… además no tenía tiempo, su futuro había sufrido una pausa y había que recuperar el tiempo perdido.


    Gladys