El éxito le llegó cuando se encontraba en lo que se suele llamar la mitad de la vida, en esos instantes en que la experiencia empieza a jugar un papel importante y se tiene la distancia suficiente para ver el bosque completo.

     Nunca se hizo muchas ilusiones, aunque lo presentía, pero la duda le hacía prudente no creía ser el ganador. No confiaba mucho en sí mismo. Los años le habían demostrado que no basta con creerse las cosas, siempre pasaba lo mismo, el ganador era otro, algunas veces alguien cercano a él, otras, un total desconocido que encandilaba los jurados con su estilo. No bastaban aquellas señales que había ido adoptando a lo largo de tantos años de participar en concursos: un presentimiento, el sudor en las manos, la angustia en el estómago, cruzarse con un gato negro, ver revolotear una libélula alrededor suyo, tampoco las palabras de apoyo de sus amigos. Cuando el jurado nombraba el ganador, él volvía a sentirse un fracasado. Volvía a su casa y usaba las palabras, ya no para contar historias, sino para darse látigo, como los monjes en los conventos de clausura. Nadie se odiaba tanto cómo él mismo.

    Al cabo de un tiempo, a veces demasiado largo, cuando en su cuerpo ya no quedaba un solo lugar al que golpear con sus palabras insultantes, decidía que ya estaba bien de flagelación y salía a la calle en busca de inspiración. A veces era un anciano sentado en un parque quien le sugería historias maravillosas o una niña lamiendo un helado,  un atardecer especialmente espectacular, a veces, las musas suelen camuflarse perfectamente.

    Cuando eso sucedía, su cuerpo parecía estallar, las palabras lo ahogaban y buscaban salida de cualquier manera obligándolo a abandonar el mundo real hasta que una vez ponía el punto final, se sentía aliviado y ligero. La sonrisa se dibujaba en sus labios,  la armonía se restablecía entre él y el mundo. Por días o meses abandonaba el látigo en cualquier rincón.

    Los folios desbordaban su mesa, se fumaba un cigarrillo y empezaba el proceso de corrección, quitaba párrafos enteros o se extendía en otros hasta quedar satisfecho con su obra. Luego, iba a la fotocopiadora, hacía varias copias, las envolvía y la mandaba al primer concurso jugoso que encontraba digno de leerla.  Este mismo proceso había seguido en todos sus detalles con ésta, aunque en el fondo de su corazón no creía mucho en ella, es más casi ni le gustaba y se imaginaba que a nadie le interesaría leer aquello. Su novela era rara, como él mismo, cargada de veneno y amargura, como él mismo. Sin embargo la envió.

    Los días pasaron y él siguió con sus rutinas, escribiendo otras cosas, a veces, cuando le fallaba la inspiración, jugaba a crear vidas absurdas, un clavo, por ejemplo, y se expandía en los detalles sentimentales del clavo. Todo para no pensar en el nuevo fracaso.

    La hora anunciada para el fallo del concurso, llegó precedida de un atardecer cálido, así que decidió que esta vez no resistiría otra sesión de látigos, su cuerpo y su mente ya estaban saturados de desventuras, pensó en huir a una isla desierta, pero al doblar la esquina se dio cuenta de lo tonto de su idea. Ya no existían las islas desiertas… ¿o si?

     No salió más a la calle durante el día. Por la noche en cambio vagaba por la ciudad mirando las basuras, se tomaba su tiempo escogiendo la ropa que otros abandonaban; con los muebles rotos, en cambio, solía entretenerse un poco más, ya que exploraba las posibilidades de recuperación: una pata rota, un tejido desgarrado, un tornillo suelto… todo eso tenía arreglo; con la comida en cambio no disfrutaba mucho, todo olía mal o estaba lleno de gusanos, así que pasaba de los contenedores cercanos a los restaurantes.

 

     De pronto sintió que esa no era su voz. Alguien estaba pronunciando un discurso diferente al que había escrito la noche anterior, por si acaso ganaba el premio. Él no era tan patético, jamás abandonó el mundo y menos aún vagabundeaba por la noche hurgando en los contenedores de basura. Calló un instante y los rostros de los asistentes a la entrega del premio lo miraban expectantes.

      Me la vas a pagar maldito se dijo a sí mismo y decidió leer el capítulo diez de su novela premiada.


    Gladys