Cuando todos se marcharon ella apagó las luces, se quedó únicamente con la de la pequeña lámpara de la esquina. La semi-penumbra de la habitación la tranquilizó. Se sentó a fumarse el último cigarrillo y mientras la brasa ardía muy cerca sus labios tuvo el presentimiento de que todo iba a cambiar.

     No sabía cómo, ni cuándo, pero se intuía caminando por el borde de un precipicio, en cualquier momento su pie resbalaría y ya no habría remedio. Caería… ¿después qué?

     Su cabeza se llenó de negras nubes, su inteligencia no iba más allá de esas tenebrosas tinieblas. Qué seguiría después, la pregunta le mordía las entrañas. No tenía fuerzas, sabía que no podía más y no existía en el mundo reconstituyente capaz de darle eso que, eso que no tenía nombre pero que le dolía.

     Los pequeños objetos de la casa no ayudaban, recurrió a sus olores, a sus recuerdos pero estos parecían ya pertenecer a otra persona. Esa lámpara no la había comprado ella en su viaje a Esauira, las telas que cubrían los muebles habían sido entibiadas por otro cuerpo que no era el suyo. Ni siquiera el dolor de estómago, que digo estómago, dolor de vida le pertenecía.

     Si esos objetos no eran suyos, tampoco lo era la penumbra de esa habitación, ni los amigos que habían besado su mejilla al despedirse, ni los platos amontonados en el fregadero, ni los restos de vino en las copas, ni las palabras que aún saltaban contra las paredes. Algo había pasado y le dolía no saberlo, pero tampoco tenía ganas ni aliento para averiguarlo.

     Apagó la colilla.  Al observar la extinción del fuego se dio cuenta que esa podría ser la grieta que diera comienzo a su salida. Todo acaba y comienza, así que eso era. Un punto final en medio de un párrafo de vida es una salida como otra cualquiera. Lavó los platos, limpió ceniceros, aireó la casa y salió a beber el aire de la madrugada por las calles de su ciudad.

     Ya la mañana se había tomado las calles, las gentes salían a cumplir con sus rutinas. El hambre la obligó a entrar en la primera cafetería que encontró. Saludó efusivamente al camarero, le dio los buenos días, se sorprendió preguntándole cómo se encontraba, luego tomó su desayuno. Ahora le parecía que esos sabores que se fundían en su boca eran absolutamente nuevos para ella. El camarero al retirar el servicio entabló conversación con ella, le preguntó sobre su trabajo, su familia, entonces, ella se escuchó a sí misma hablando de alguien que acababa de nacer: ya no se llamaba Marta, sino Aurora,  en vez de chocolate, había tomado café y no vivía en el centro,  ¿dónde vivía?

 

     Más tarde Aurora tomó una habitación en un pequeño hotel, pidió el listín telefónico, anotó algunas direcciones en la libreta que encontró en la mesita de noche, se bañó y aunque se puso la misma ropa, decidió solucionar ese problema inmediatamente; en la tienda escogió ropa de colores alegres, telas suaves y ligeras, zapatos con algo de tacón y la peluquería puso el signo de admiración a su nueva imagen.

     Para leer en la noche escogió un autor desconocido y se marchó a un hotel. Ya con la pequeña luz de la lamparilla se dispuso a emprender el viaje que el autor le proponía y con las letras enredadas en las pestañas se durmió feliz soñando que se fumaba un último cigarrillo después de despedir a sus amigos...

Gladys