Esa noche su rostro se transformó, esos ojos que tantas veces había besado, esa boca que tantas veces mordió, esas manos mágicas que encontraban el trozo de piel perfecto… esa noche alguien se instaló en el cuerpo amado y destruyó su mundo.

     El suéter se le enreda entre los brazos, la cabeza no cabe por el orificio, se agacha, se retuerce, trata de apretar los pechos pero el suéter no obedece. Los ojos se le deshacen en lágrimas y después de varios intentos logra ponérselo, pero al revés.

     No importa - se dice - coge su maleta y se va.


Selvática