Se paseaba por el parque sopesando lo que iba a hacer. Las preguntas de cuando era tímido le asaltaban de nuevo haciéndolo tropezar, ¿estaría bien visitarla? ¿Sería prematuro demostrarle interés? Y si resulta que eso que le mordía la barriga resultaba ser amor, ¿cómo serían esos primeros besos? ¿volverían a sentir sus manos? Instintivamente se las miró. Los callos no se notaban en la piel pero endurecían el alma.

     Quizás estaría más tranquilo si inventara alguna excusa plausible, pero maldita la gana que tenía de ponerse a pensar en cosas como: señorita, la llamo del almacén X, es que… perdone la molestia, podría contestarnos un par de preguntas… es para llevar una estadística… O si se presentaba en su casa y se recostaba contra el marco de la puerta y le sonreía diciéndole… no, él no era capaz de tales hazañas. En el cine quedan muy bien pero esta es la vida real y llueven piedras sobre los tejados. En ese instante tropezó con una baldosa que sobresalía en la acera y dio con sus narices sobre el pavimento. Su instinto le dio la fuerza para ponerse en pie inmediatamente pero su corazón atormentado lo obligó a cerrar los ojos y seguir tendido. Cuánto le hubiese gustado que una mano amiga o no,  lo ayudara a levantarse, le limpiara el traje o la nariz. Nada de eso sucedió. En cambio sintió que las piedras que caían en forma de lluvia se habían convertido en gatos salvajes que volaban tristes de tejado en tejado aullando desesperadamente… no había que engañarse, los gatos no volaban, y los aullidos que escuchaba eran los de su garganta.

    Sentía que había perdido el juicio, así como la esperanza de volver a amar otra vez. No, no volvería a amar y eso le parecía insoportable. La vida no llega a ser siquiera soportable si no hay amor. Decidió no hacer nada, quedarse ahí tendido en mitad de la acera era mejor que volver a su casa vacía con el frio de las sábanas envolviendo su cuerpo muerto pero azotado por los latidos de un corazón que extrañamente seguía palpitando. Era mejor no pensar. Apretó los párpados y empezó a alejarse de su cuerpo, una ligera sensación de alivio lo alzó en volandas, ya empezaba a sobrepasar los tejados de las casas,  cuando una voz gritó un hola, en la oscuridad.

    Esa voz lo sacó de su ostracismo. Despertó cada uno de sus músculos se dio cuenta que vivía y no le gustó mucho. Pero esa voz… no recordaba donde la había escuchado y ese interrogante lo impulsó a andar de prisa hasta su casa.

    La pregunta y el tono de la voz en su cerebro le impidieron pensar en la frialdad y la soledad de su casa. Encendió las luces, calentó un café, se fumó un cigarro, se cambió las ropas, se detuvo un rato ante el espejo del baño mientras desinfectaba la herida en su nariz.

    Como todas las noches, se fue a la cama en compañía de un libro y se entregó a la historia olvidándose de sí mismo.

     Esa noche durmió bien hasta que sonó el despertador con las inminencias de la mañana. Una mañana igual a las de toda su vida, con las mismas palabras revoloteando en el ambiente y ni siquiera fútbol de domingo para comentar. Empezó su trabajo. Estaba esperando que el ordenador abriera los archivos  cuando alguien toco levemente su espalda.

     ¡Hola! Disculpe caballero, ayer cuando estuve aquí olvidé mi…

Gladys