Se conocieron una tarde cualquiera, cuando los cabellos brillaban y la sonrisa parecía tatuada en sus rostros. Las noches eran cortas y el cuerpo bailaba hasta el amanecer… cuando no había malabares más interesantes que ejecutar.

     La felicidad era una compañera asidua y el mundo un enorme terreno a explorar y ante el cual no sentían ningún temor. Eran hijas de una generación inmune al miedo. En sus largas conversaciones descubrieron que eran almas gemelas, les gustaban las mismas cosas y sentían que algo muy especial las uniría para siempre, llevándolas de la mano hasta alcanzar sus metas.

     Muy pronto las piedras cobraron una dimensión desconocida y de vez en cuando las hacían tropezar, al principio eran tropiezos en los que una rodilla terminaba con  marcas de sangre y punto, más tarde fueron los codos los que se quebraron o algún tobillo se torció ante la oficina del jefe, y más de una vez el corazón se rompió entre las manos torpes de un guapo amante.

     Pero también las rosas florecieron, algunas llenaron sus vidas de gratos olores, otras se clavaron en la carne palpitante de esas vidas paralelas desde la primera juventud. Pero las líneas paralelas a veces se bifurcan, una montaña, o un presupuesto hace que una gire a la derecha y otra a la izquierda, entonces avanzan cada una por su espacio, la de la derecha levita en medio del desierto, agonizando de sed y sin ver en su horizonte más que una línea difusa que jamás termina de definirse, la de la izquierda en cambio atraviesa caminos fértiles, verdes campos la saludan a su paso y en su horizonte  el futuro es una obra en construcción.

      El vacío entre las dos se hace más grande cada vez y la certidumbre de la separación definitiva, es el último punto en común de las dos mujeres. Perdón, si queda algo en común: la juventud compartida.


Selvática