El rostro que apareció por la rendija de la puerta atravesó sus retinas y se le clavó en el cerebro sin compasión. Era el rostro más viejo que había visto en su vida. Una maraña de arrugas donde un par de lucesitas apenas si titilaban como estrellas lejanas. Una voz resquebrajada tartamudeó repitiendo el nombre mientras su brazo abría la puerta completamente.

   El mundo anciano le recibió con los brazos abiertos, una sonrisa sin dientes, una mano temblorosa se posó en sus hombros y lo llevó hasta una silla de respaldo alto donde sus veinte años se hundieron sin remedio.

    Preguntó por Antonio y el anciano se miró las manos mientras las palabras caían de su boca como saliva impertinente: Todos los días a las cinco en punto, llegaba por la esquina del estanco se plantaba en mitad de la calle y cantaba boleros inversamente proporcionales al tiempo: si hacía sol y el ambiente era cálido, cantaba temas tristes y lo contrario cuando el tiempo empapaba su voz.

    Todos nos sentíamos privilegiados, todos nos afanábamos por terminar nuestras actividades para poder estar libres a las cinco en punto, estoy seguro que a las cinco menos cinco todas las manos de los vecinos, con las monedas bien agarradas, abrían la ventana al mismo tiempo y nuestros codos se posaban en el marco de la ventana pero mirábamos al cielo mientras la voz nos llegaba desde los bajos. Solamente eran tres canciones. No necesitábamos más, tres maravillosas canciones que nos regalaban trozos de aliento para seguir viviendo.

    Luego las lanzábamos y alrededor de él se formaba un círculo brillante, al cabo de unos minutos de expectación Antonio … o Francisco, no recuerdo bien su nombre se quitaba el sombrero y nos hacía una reverencia. Recogía sus monedas y se marchaba. Nosotros nos hacíamos gestos con la mano de ventana en ventana en ventana y cerrábamos el mundo exterior. Cada uno volvía a lo suyo con la esperanza de que al otro día a las cinco de la tarde…

    Sus manos jóvenes rasgaron un papel que sonó como un terremoto en la pequeña habitación y que sin embargo no logró llamar la atención del anciano. El joven quitó el papel de regalo, se incorporó lentamente de su silla y rodeo al viejo buscándole los ojos. En cuanto lo consiguió lo obligó a mirar la fotografía.

     El anciano sonrió, tomó la foto y la miró una eternidad, luego se levantó sin decir una palabra, se acercó a la ventana y colocó la foto de manera que los vecinos la pudieran ver desde sus respectivas casas.

 

     Esa tarde, el patio de los vecinos se cubrió de flores blancas en vez de monedas.

Gladys