21 de Enero, 2011, 12:34: SelváticaGeneral

     

    “Dios te salve María, llena eres de gracia..."

María espanta los fantasmas, María recorre compulsivamente con sus dedos su cuerpo, mientras lucha contra el demonio interior que se le rebela en el estómago.

     Afuera suenan como martillazos universales el sonido de las ametralladoras y de los fusiles, rasgando la vida.

     “Santa María madre de...”

María siente que el cuerpo se le hincha, que las venas no pueden contener por mucho tiempo su savia vital.

     Los gozozos son...”

María busca en su mente la última vez que hizo el amor, la última vez que la besaron con los ojos cerrados y la angustia de la inminencia y los ojos se le llenan de lágrimas al cerciorarse de lo yermo que está su cuerpo, de cómo lo que antes bullía en su ser, ahora es un cementerio olvidado.

     “Los dolorosos...”

     María, como obedeciendo a un instinto natural, se abandona a su destino y jadea hasta que la vida nace, abre sus piernas al futuro y es arrollada por una avalancha de emociones, justo en el momento en que debe tomar la gran decisión.

“es María la blanca paloma, es María la blanca paloma...

Selvática

 

21 de Enero, 2011, 12:25: GladysGeneral

Micaela va de calle en calle arrojando sueños a la vereda convencida de encontrar el camino de regreso cuando lo crea conveniente, o cuando lo necesite; sabe que reconocerá sus sueños porque ellos la estarán esperando sentados en el andén o en el quicio de un gran portón o en el escalón de un portal; sabe que son sueños únicos, los ha tenido solamente ella y no los ha compartido con nadie.

    En realidad dejó de hacerlo cuando en sus primeros despertares comprendió que el mundo se había quedado sordo.

Por eso camina despacio, repasando mentalmente cada uno de los sueños para no olvidarlos, para saber que cuando ella no esté, ellos hablaran con su voz, su pensamiento y sus sentimientos.

Hace poco soñó que tenía una amiga, una mujer transparente, que tenía cuerpo de oreja, sensible y que giraba con una suave ondulación vibrante cada vez que oía su voz, con ese movimiento le hacía saber que le entendía. Fue un sueño, que con el paso del tiempo se volvió recurrente,  con muy pocas variaciones, algo quizás en el tono, tal vez la textura y las concavidades de los cuerpos cambiaban levemente, pero no la emoción, por eso tuvo que caminar, caminar eternamente por si encontraba a esa amiga oreja.

Si Micaela caminaba, - al menos así pensaba - tarde o temprano encontraría un indicio que le confirmaría  su empeño, era cuestión de tiempo y eso, le sobraba.

Así, nos encontramos a Micaela en una noche fría y ventosa.

Camina como una sombra más en la ciudad hacía la nada, las calles se le deshacen a su paso, hasta que una cabina telefónica aparece en su camino, busca en su bolso, toma unas monedas, va a marcar el número, un número que salga espontáneamente de su mano y se dispone a hacerlo, lleva el índice al tablero, oprime la tecla 8 y una fuerte corriente eléctrica le recorre el cuerpo haciéndola rebotar contra el pavimento a unos cuantos metros de la cabina de teléfonos.

Con la cabeza pegada al asfalto contempla las estrellas, espera a que su cuerpo olvide el susto y se concentra en el firmamento.

     Debo llamar, ya se me ocurrirá algún nombre - piensa - pero antes tengo que quitarme esta energía que choca con la comunicación, ¿pero cómo?

Polo positivo – polo negativo. Que mal lo tuve con la química, el problema está en mí, no conecto, produzco cortocircuitos, debe ser...

- Lo siento, el nombre oreja no es computable. – le respondió la máquina a través de los agujeros del auricular -.

Cómo que no – replicó molesta Micaela, - en alguna parte debe figurar, ya he llamado al cielo, al infierno y el purgatorio, y siempre me responden lo mismo...

Lo siento. – y se cortó la comunicación -.

Joder, y ¿ahora?

Gladys

21 de Enero, 2011, 12:12: GladysGeneral


Color  ausencia, donde todos los seres humanos son iguales, donde todos pertenecen a la misma raza, la misma religión, donde ni siquiera los cuerpos se diferencian, y da lo mismo ser hombre o mujer, gordo o flaco, judío o cristiano; todos bañados por esa luz amarilla o negruzca pero unificadora. Fue en ese único instante de la existencia donde tuve la certeza de ser como todo el mundo, yo era una masa informe entre todos los cuerpos de los seres humanos, tenía las mismas redondeses,  mi hombro era exactamente igual al de los demás, hasta la misma intensidad de luz caía sobre la carne. En esa conciencia me hallaba, cierta en el pensamiento igualitario, y, en un segundo sentí como me elevaba, sentí que dejaba abajo el mundo humano, sin dolor, sin traumas, sin altibajos fui ascendiendo lentamente casi hasta perder de vista la masa de carne, no podía mirar con los ojos, pero mi espalda, mis caderas, mis piernas y las palmas de mis manos veían a los seres humanos abajo, muy lejos. No sentía nostalgia de ellos, no sentía su falta, los sentimientos y las emociones no me afectaban, mi burbuja era cálida, completa y absolutamente insensible.

Sabía que ese estado no podía durar, que en cualquier momento la burbuja se rompería y otra vez el dolor, las ausencias, las emociones y los sentimientos entrarían en mí como un virus maléfico, estaba preparada para ello, pero quería retardar mi cuerpo en suspensión... ¿era esto la felicidad?

Si no lo era, por lo menos lo parecía mucho, era como una membrana que protegía mi solidez  y mi etereidad de todo aquello que pudiera dañarla, una membrana de extraño material ya que ningún órgano del cuerpo, ningún líquido, ninguna vena, ni el aire de dentro y de fuera podrían dañarme.

Podría durar un segundo, podría durar mil años, eso no tenía peso en mi cerebro calmado, era la felicidad y eso era lo importante.

     Más tarde podría volver a la masa informe de la humanidad, podría volver a sentir el dolor, las ausencias, y no importaba, ya era fuerte para el dolor. Aquella burbuja me protegía y el después había dejado de existir.


Gladys