Color  ausencia, donde todos los seres humanos son iguales, donde todos pertenecen a la misma raza, la misma religión, donde ni siquiera los cuerpos se diferencian, y da lo mismo ser hombre o mujer, gordo o flaco, judío o cristiano; todos bañados por esa luz amarilla o negruzca pero unificadora. Fue en ese único instante de la existencia donde tuve la certeza de ser como todo el mundo, yo era una masa informe entre todos los cuerpos de los seres humanos, tenía las mismas redondeses,  mi hombro era exactamente igual al de los demás, hasta la misma intensidad de luz caía sobre la carne. En esa conciencia me hallaba, cierta en el pensamiento igualitario, y, en un segundo sentí como me elevaba, sentí que dejaba abajo el mundo humano, sin dolor, sin traumas, sin altibajos fui ascendiendo lentamente casi hasta perder de vista la masa de carne, no podía mirar con los ojos, pero mi espalda, mis caderas, mis piernas y las palmas de mis manos veían a los seres humanos abajo, muy lejos. No sentía nostalgia de ellos, no sentía su falta, los sentimientos y las emociones no me afectaban, mi burbuja era cálida, completa y absolutamente insensible.

Sabía que ese estado no podía durar, que en cualquier momento la burbuja se rompería y otra vez el dolor, las ausencias, las emociones y los sentimientos entrarían en mí como un virus maléfico, estaba preparada para ello, pero quería retardar mi cuerpo en suspensión... ¿era esto la felicidad?

Si no lo era, por lo menos lo parecía mucho, era como una membrana que protegía mi solidez  y mi etereidad de todo aquello que pudiera dañarla, una membrana de extraño material ya que ningún órgano del cuerpo, ningún líquido, ninguna vena, ni el aire de dentro y de fuera podrían dañarme.

Podría durar un segundo, podría durar mil años, eso no tenía peso en mi cerebro calmado, era la felicidad y eso era lo importante.

     Más tarde podría volver a la masa informe de la humanidad, podría volver a sentir el dolor, las ausencias, y no importaba, ya era fuerte para el dolor. Aquella burbuja me protegía y el después había dejado de existir.


Gladys