Micaela va de calle en calle arrojando sueños a la vereda convencida de encontrar el camino de regreso cuando lo crea conveniente, o cuando lo necesite; sabe que reconocerá sus sueños porque ellos la estarán esperando sentados en el andén o en el quicio de un gran portón o en el escalón de un portal; sabe que son sueños únicos, los ha tenido solamente ella y no los ha compartido con nadie.

    En realidad dejó de hacerlo cuando en sus primeros despertares comprendió que el mundo se había quedado sordo.

Por eso camina despacio, repasando mentalmente cada uno de los sueños para no olvidarlos, para saber que cuando ella no esté, ellos hablaran con su voz, su pensamiento y sus sentimientos.

Hace poco soñó que tenía una amiga, una mujer transparente, que tenía cuerpo de oreja, sensible y que giraba con una suave ondulación vibrante cada vez que oía su voz, con ese movimiento le hacía saber que le entendía. Fue un sueño, que con el paso del tiempo se volvió recurrente,  con muy pocas variaciones, algo quizás en el tono, tal vez la textura y las concavidades de los cuerpos cambiaban levemente, pero no la emoción, por eso tuvo que caminar, caminar eternamente por si encontraba a esa amiga oreja.

Si Micaela caminaba, - al menos así pensaba - tarde o temprano encontraría un indicio que le confirmaría  su empeño, era cuestión de tiempo y eso, le sobraba.

Así, nos encontramos a Micaela en una noche fría y ventosa.

Camina como una sombra más en la ciudad hacía la nada, las calles se le deshacen a su paso, hasta que una cabina telefónica aparece en su camino, busca en su bolso, toma unas monedas, va a marcar el número, un número que salga espontáneamente de su mano y se dispone a hacerlo, lleva el índice al tablero, oprime la tecla 8 y una fuerte corriente eléctrica le recorre el cuerpo haciéndola rebotar contra el pavimento a unos cuantos metros de la cabina de teléfonos.

Con la cabeza pegada al asfalto contempla las estrellas, espera a que su cuerpo olvide el susto y se concentra en el firmamento.

     Debo llamar, ya se me ocurrirá algún nombre - piensa - pero antes tengo que quitarme esta energía que choca con la comunicación, ¿pero cómo?

Polo positivo – polo negativo. Que mal lo tuve con la química, el problema está en mí, no conecto, produzco cortocircuitos, debe ser...

- Lo siento, el nombre oreja no es computable. – le respondió la máquina a través de los agujeros del auricular -.

Cómo que no – replicó molesta Micaela, - en alguna parte debe figurar, ya he llamado al cielo, al infierno y el purgatorio, y siempre me responden lo mismo...

Lo siento. – y se cortó la comunicación -.

Joder, y ¿ahora?

Gladys