Carlos ajusta de nuevo el nudo de la corbata ante el espejo del recibidor. Repite ese gesto todos los días antes de salir. Hasta ayer lo hacía de forma mecánica, hoy en cambio ha puesto especial cuidado en que todo su aspecto físico estuviera perfecto. Una entrevista de trabajo después de tantos años de parón, así lo exige.

      Mientras iba sentado en el autobús se entretenía repasando los antiguos éxitos en su carrera, los logros que había tenido en las anteriores empresas, se sorprendió al sentir de nuevo la alegría,  el entusiasmo y el orgullo de sus primeros años como profesional y sonreía a su imagen reflejada en el cristal. Sí señor, haciendo un balance, había sido un buen profesional, casi brillante, sí señor, con sus más y sus menos. Claro, era consciente de que en estos momentos se hallaba en la columna de los menos, pero estaba seguro de que a partir de hoy pasaría a la otra columna.

      Una vez saliera de la entrevista compraría una flores para Manuela, una goma rosa de borrar para Angela, un carrito para Ricardo, ojalá una de esas reproducciones de la fórmula uno que le encantaban al chico. Ah, y para ahorrar lo compraría todo el el chino, además, aprovechando el descuento incluso llevaría rollitos primavera, arroz tres delicias y ternera teriyaqui. Esta noche Manuela no prepararía la cena, esta noche era de celebraciones… hasta sexo, por qué no.

     Carlos sonrió con ironía, sabía que esos instantes se estaban pareciendo peligrosamente al cuento de la lechera. Sacudió la cabeza y de ésta se desprendió su imagen gris, aquella que con sus labios gélidos le susurraba que era un perdedor y que no lograría el trabajo.

     Una corriente eléctrica recorrió sus vértebras; era verdad, desde hace unos años para acá todo era fracaso en su vida, un cúmulo de errores pegado a su espalda que lo obligaba a andar agachado, con la mirada clavada en las baldosas y procurando pasar desapercibido.

     Era un tipo aburrido, por eso no tenía amigos, nadie buscaba su compañía a nadie le hacía falta, la Manuela, Angela y Ricardo, hacía tiempo que se habían marchado de su vida, aunque vivieran en la misma casa…

     Se bajó del autobús, como tenía tiempo antes de la entrevista, aprovechó para revisar su cuenta de Facebook en el primer ciber café que encontró. En la pantalla aparecieron los rostros de Manuela, Angela y Ricardo mandándole besos de felicidad y alegría a su mísera vida. Estaban celebrando una fiesta, ella estaba lindísima con su traje negro. ¡Que bien le sentaban los años! Las arrugas le daban una apariencia de mujer triunfadora, y sus hijos… hermosos, bellos seres humanos creados por él. Clickeó con cierta tristeza hasta acabar el álbum de fotos, sintió envidia por la vida que rebosaban ellos, cerró la sesión y puso sus manos sobre el teclado.

      Supo que no iría a la entrevista.

      No salió del ciber café hasta mucho más tarde, cuando el dueño le llamó la atención y tuvo que sacudir el monedero para poder pagar la cuenta de un servicio que no había utilizado. Así era él, despilfarrador de su propia vida.

      Se subió el cuello de la chaqueta, empezaba a hacer frío y su silueta se perdió calle abajo, mientras pensaba en su mala suerte y en la disculpa que le daría a la Manuela.


Gladys