Una débil luz se cuela por la ventana y sin embargo tiene la fuerza suficiente para espantar mis sueños, aunque no tanto para destripar al monstruo que guardo en la barriga desde hace tantos años.

     Tantos, que ya lo considero un mal necesario, incluso, pienso que me hará falta cuando desaparezca. Si, creo que lo hará dentro de poco, tengo el presentimiento de que está muriendo de inanición, no sé por qué, pero es así.

     Salí a comprar el periódico, luego el pan, volví a casa y me acosté de nuevo en mi cama aún caliente. Despliego el diario y saltan a mi cama todos los políticos, los artistas, los deportistas, dibujantes, digitadores… casi cuarenta páginas de realidad en los dos con veinte de mi cama.

     Los leí, los desmenucé y poco a poco empecé a sentir náuseas, sin duda la realidad había entrado en mi ser a través de los poros y me estaba envenenando. Pero no era cosa de un sólo domingo de noviembre, ese fue un trabajo lento y bien calculado. Y yo creía que era el monstruo que se estaba muriendo de hambre. ¡Qué ilusa!


Selvática