Imagine que usted está de vacaciones en cualquier lugar de Colombia, usted se halla sentado contemplando el atardecer, siente deseos de tocar la tierra, de sentir que la arena resbala entre sus dedos y lo hace, pero qué roza su mano: ¿una calavera? ¿una tibia? Impresionante, ¿verdad? No exagero, la foto de las fosas comunes encontradas en la región de La Macarena, publicada en primera página de todos los medios de comunicación, produce ese escalofriante efecto.

      Un lugar paradisíaco, con unos paisajes de ensueño, con una flora y fauna que despiertan admiración en todo el mundo, una riqueza de la que todos los colombianos deberíamos disfrutar y beneficiarnos equitativamente se ha convertido, en un hermoso pero infame cementerio, un matadero donde se descuartizan seres humanos para poder ocultarlos fácilmente pero tal vez lo más lamentable, es que los colombianos nos tapamos los ojos y miramos para otro lado; tiene que ser una comisión extranjera quien de la alerta mundial.

      Me pregunto por qué, una pregunta tonta. Todos sabemos la respuesta, no confiamos en nuestras autoridades, no confiamos en nuestro gobierno, ni en nuestras instituciones, sin embargo el por qué, cobra mayor relevancia, ¿por qué los elegimos? ¿por qué los seguimos manteniendo con nuestros impuestos? ¿por qué seguimos viviendo cómo si no pasara nada, mientras a nuestro lado caen cuerpos asesinados y torturados de personas que, a lo mejor son hasta amigos nuestros? Voy más allá, ¿por qué somos así? ¿Somos por desgracia los colombianos, un pueblo auto-destructivo? No me atrevo a lanzar mayores conjeturas pero leyendo la historia de la región, solo veo extinción.

      Recordemos: a finales de 1954, un grupo de colonos caqueteños, huyendo de la violencia se asentó en unas tierras ubicadas a orillas del río Guayabero, donde se establecieron, creando un núcleo de colonos al que denominaron El Refugio, sitio donde se halla ubicada la actual cabecera municipal.

      la década de los 60 la Fuerza de Aérea Colombiana eligió esta zona como área de abastecimiento para sus bases de Melgar, Madrid, Bogotá y Apiay, estableciendo vuelos con una regularidad de hasta 3 semanales, con el fin de adquirir plátano, pescado y cerdos.

      Aquel fue el inicio de una serie de bonanzas que está asfixiando la región, primero fue la caza desmesurada de tigrillos y jaguares, cuyas pieles cobraban precios exorbitantes en el mercado.

      A mediados de los setenta llegó la bonanza de la coca y con ella la población de la Macarena se triplicó; de un momento a otro, una persona que se acostaba sobre su pobre catre de lona sin apenas cobijo, a la mañana siguiente amanecía cubierta de dólares. Aún así la riqueza no se asentó en la tierra, no se tradujo en la mejora de obras de infraestructura como carreteras, aeropuerto o medios de comunicación, no se construyeron escuelas, ni hospitales, ni bibliotecas, ni cines, ni teatros, ni universidades, ni sitios de recreación.

     Vino luego el auge maderero, que dio origen a la tercera "bonanza" de forma muy tímida a mediados de la década de los 80, convirtiendo al rió Guayabero en la principal vía de transporte hacia Puerto Concordia, Meta y el Centro del País. Sin embargo las maderas finas y la pesca están a punto de desaparecer; los colonos fueron sometidos a la dictadura de los terratenientes y comerciantes sin escrúpulos.

     Y ahora en pleno siglo XXI los paramilitares, guerrilla, ejercito o rufianes que la explotan, han convertido a La Macarena en la tumba más grande del país, comparable sólo a los campos de concentración nazis.

     Una historia de bonanzas difícil de digerir aún en este país de ciegos.


Por: Ladypapa

Agosto de 2010