La voz del juez resumía ante el público los detalles del delito, con su voz recia, con su lenguaje sencillo, cuidando mucho de que todo quedara claro sacaba del saco de la justicia la prueba incriminatoria, la mostraba a todo el mundo, la tomaba con el dedo índice y el pulgar como si temiera contaminarse de algo sucio y asqueroso que se veía obligado a tomar con su mano inocente. Luego la movía de derecha a izquierda en cámara lenta como si tuviera toda la vida por delante.

      Toda la vida por delante es un decir bastante cursi, todos tenemos la vida por delante, bueno, no el culpable, no la vida que uno imagina como sinónimo de vida, por supuesto.

      Los ojos del reo atravesaban el cuerpo vestido de negro, la cabeza luciendo ese maldito cuadrilátero con que se disfrazaban para actuaciones como la de esa tarde. No, los ojos no veían nada, el cuerpo del juez era transparente pero detrás de ese cuerpo sólo existía la nada, que no se deja ver, pero que mantenía al culpable clavado como una mariposa sobre un terciopelo de leyes.

      Después leyó un resumen de los testigos, la palabras saltaban de su boca como canicas de colores, caían del escritorio produciendo un ruido asombroso -el jurado pensaba que la justicia por fin se dejaba oír -  después un papel impreso teñido de delito surgió de una bolsa de plástico y se agitó asustado entre las manos inocentes del juez.

      Los ojos del jurado se cerraron, los pechos se encogieron, los estómagos estaban a punto de estallar ante el despliegue de maldad.

      El culpable dejó que los ojos avanzaran a la nada del cuerpo del juez, se levantó sin que nadie lo notara y empezó a caminar muy lentamente, el peso del delito era muy fuerte para sus noventa kilos de músculo y huesos. Primero el pie derecho, luego el izquierdo, las rodillas a punto de quebrarse y un letrero luminoso en sus neuronas: soy culpable.

      La lengua se estrelló contra los dientes del acusado: soy culpable, ¿lo es usted?

      Las cosas lo gritan, las pruebas acusan, las mentes de los inocentes lo deducen, el universo lo aúlla. La verdad se impone a fuerza de repeticiones, desmiente la realidad, pero el juez es quien construye la verdad, edifica una muralla, envía al culpable allí y el culpable se deja enviar, hace tiempo aceptó ser el protagonista de esa trama, casi desde que era un niño obedeció y se aprendió de memoria el papel, sin embargo ahora, casi a punto de atravesar la nada una pregunta logró abrirse camino y ponerse delante de sus narices, ¿y si yo dijera la verdad?

      Se detuvo un instante y sintió que se quebraba, que dentro, mil astillas estaban a punto de reventar contra su carne.

      Sí la nada estaba enfrente de él, y también detrás suyo,  era mejor dejar que el juez terminara su edificio de verdad, Soy culpable, él lo dice en público y cuando las cosas se dicen en público se convierten en verdad. Desgraciadamente el inocente es mudo.

      Al nacer le cercenaron la lengua a punta de verdades.


Gladys