24 de Abril, 2011, 6:19: PiedraGeneral


Te paso mi elogio del distinto:

Elogio del distinto

Nací en el límite. La frontera era Granada. De niño me gustaba jugar a caballo sobre los mojones y decir que estaba a la vez en Málaga y Granada.
En Granada me notaban raro el habla: "Tú no eres de aquí".
En Málaga me decían que no era malagueño. No he parado de dar explicaciones.
En Sevilla conocí maravillas.
Descubrí otras tierras y me hice asturiano en Asturias.

¡Cuantas noches compartí el mismo vaso de sidrina con ellos!.
Me hice turco en Estambul, con el recién conocido que me abrazaba llamándome fratelo cuando le dije que era español.
Egipcio en el Cairo, cuando hablamos que venia del Al-Andalus.
Canario cuando me preguntaban en Tenerife: ¿ De qué isla eres?
Marroquí en Marraquech, cuando se interesaban porqué era la tercera vez que les visitaba.
Holandés, sentado en un banco de una plaza de Alkmaar hablando con un holandés cada uno en su idioma y nos entendíamos.
Cubano en la linda Habana, disfrutando de ese castellano tan bonito a mi oído.
Italiano, saboreando la belleza de su idioma, charlando con ellos
De Tereñes, muchas veces en las romerías asturianas.
- ¿De Tereñes?
- Si, es que emigre muchos años a Venezuela.
- Ah.
Hoy que tengo amigos madrileños, suizos, holandeses, sirios, marroquíes, granainos, sevillanos, nerjeños, asturianos, catalanes, ingleses, vascos, yanquis...
No tengo patria.
Como me decía mi admirado Jorge Guillén:
- ¿Patria? ¿Cuantos muertos?
Cuando veo pasar por la calle donde vivo gente de todos los colores y de todos los sitios, me digo: este es mi mundo.

Piedra

24 de Abril, 2011, 6:16: Selváticaminirelatos


El párrafo está formado por diez renglones al principio de la página, en letra Times, tamaño 12, a veces engorda por efectos de un malabarismo entre dos teclas, a veces se pone moreno, gira a la derecha o se centra e incluso se ajusta a la izquierda, allí se siente más cómodo, aunque a veces las izquierdas…

Su vida gira en un blanco espacio limitado por barras grises, apenas insinuadas pero tan fuertes que aunque muera en el intento no las podrá superar. Es lo que tienen los barrotes, aunque se maquillen de márgenes.

Pensándolo bien no tiene muchas opciones, y si me apuran, ninguna. Su destino está escrito. Sin embargo, a veces se permite ciertas libertades y con eso se conforma.


Selvática

24 de Abril, 2011, 6:13: SelváticaAlaprima


Mi madre nos ha dejado - del cuarto de ella sale una luz que ilumina toda la casa. La abuela me toma de la mano y vamos a buscarla.

Yo soy una mano pequeña prenda de una mano arrugada y callosa.

Mi madre está en el cuarto de una pensión. Al entrar, la misma luz de nuestra casa nos ciega la vista.

Hay dos camas, una de ellas está ocupada por una anciana… o un anciano. No lo sé.

Mi madre duerma con la cabeza hacía abajo. Nos mira con sorpresa al entrar. La abuela no dice nada, pero el reproche parece llenar toda la habitación.

La abuela toma las zapatillas de mi madre y las empieza a lavar con furia. El agua sale negra y espesa.

Mi madre llora bajito, le suplica que no las lave, si lo hace -dice - perderán el poder de viajar y ella tendrá que quedarse en casa para siempre.

La abuela no le hace caso.


Selvática

 

24 de Abril, 2011, 6:02: GladysGeneral

A mi amigo Jimul...

Ese día tenía que ser el más feliz de su vida, por eso se levantó temprano, se detuvo más tiempo del acostumbrado ante el espejo y se hidrató cada una de las arrugas sintiendo que en ellas estaba grabada la historia de su familia y de los soles y lunas que había vivido hasta entonces. Estaba feliz.

Salió a la calle, respiró el aire, que le pareció nuevo, perfumado, gratamente embriagador, caminó orgullosa, satisfecha y totalmente abandonada a esa sonrisa que no se borraba de su rostro. No permitió, en eso fue muy sensata, a su imaginación construir castillos en el aire. Hoy no, hoy se iba a dedicar a sentir el día con todas sus implicaciones físicas, hoy el cuerpo y lo tangible conformaban su vida, estaba escrito y se lo entregarían dentro de pocos minutos: 35 hectáreas de tierra, lo llamaban, pero eso era solo un seudónimo, en ese papel, que seguramente sería tamaño folio, estaban sus tatarabuelos, sus abuelos muy serios ante ese aparato que se llamaba cámara y que los había congelado en el tiempo y en su memoria, porque nunca los conoció, las balas no le dieron tiempo ni tampoco a sus padres, hermanos, tíos, sobrinos o cuñados.

Ya estaba frente al edificio administrativo. Ahora sus oídos solo escucharían discursos, aplausos, voces cacareando aquí y allá, manos que firman, algunos con una X, otros tardarán hasta diez minutos en garrapatear la palabra Alberto, o Carmen o Amalia o Ricardo y después más fotos.

Estaba contenta y le hubiera gustado contarle a la abuela que ella ya no se asustaba con eso que la gente llamaba cámara de fotos.

Después los invitaron a un almuerzo en un restaurante campestre, unas manos ajenas a la suya le sirvieron la comida, empezó a  saborear una sopa, que a su gusto, estaba demasiado caliente y eso parecían notarlo todos, ya que nadie comía con hambre, más discursos entre cucharada y cucharada, más fotos y manos que se unen despidiéndose y voces que desgranan buenas suertes a diestra y siniestra.

Al caer la noche, vestida ya con su bata de color desvaído, la de toda la vida, se paró frente al espejo y limpió otra vez sus arrugas. La ciudad no le sentaba bien y no quiso dormir en toda la noche, por eso fue la primera al llegar a la estación de autobuses y la primera en sentarse junto a la ventana. Su pulso se aceleró, la sangre hirvió en sus venas cuando la ciudad quedó atrás y el olor cálido de las entrañas de su tierra volvió a poseerla.

Cuando se bajó del autobús eran las diez de la mañana, 18 horas de viaje habían rejuvenecido su cara, las arrugas habían desaparecido y en su cartera llevaba el folio en el que decía que esa tierra era suya y que había pertenecido a su familia desde cuando la tierra estaba aún caliente. Tan pronto como estuvo junto a su platanera preferida, sacó de su cartera una pequeña cámara digital, recordó las instrucciones del vendedor del carrefour y se sacó una foto.

Después todo fue la vida de siempre, pisar descalza los prados, acariciar los troncos de los árboles, dejar que la lluvia cálida empapara su rostro… tonterías de esas que hacía todos los días y que repetía una y otra vez porque estaba viva.

Quince días después, una mano arrugada y temblorosa colocaba esa foto de ella junto a la platanera sobre su ataúd. Era su vecina pues los miembros de su familia estaban recluidos en un destartalado álbum de fotos, que también incluía un título de propiedad sobre la tierra.

Gladys


24 de Abril, 2011, 5:54: GladysGeneral


No me gusta lo que estoy haciendo pero no quiero pensar, no me gusta lo que estoy hablando pero las palabras se salen de mis labios como pequeñas explosiones de agua hirviendo. Aparte de eso me gusta esta casa, es grande, tiene jardines amplios, muchos rosales espléndidos y un aroma maravilloso. El cielo azul es el fondo ideal para la imagen de esta casa ideal.

Su dueño, ya es otra cosa, un hombre millonario, amo y señor del mundo del espectáculo, una especie de Don del cine y está leyendo mi trabajo. Unas letras amontonadas en cuartillas que salieron huyendo de mis manos, sin pedirme permiso… y lo peor sin pasar por el tamiz cerebral.

Se siguió todo el ritual convencional, una buena comida, mucho vino, café y el momento del juicio final: quiere leerlo.

Mi trabajo. Ese montón de hojas es tomado por unos dedos regordetes y su amplia humanidad se extiende sobre el sillón.

Los demás, humildes y humillados mortales tratamos de mimetizarnos con el paisaje, unos se pierden por los pasillos arbolados, otros desaparecen tras los setos de los rosales, algunos naufragan en las aguas de la piscina y yo me adhiero al cristal de la ventana. Como todo cristal que se respete, anhelo apoderarme de imágenes. Disfruto convirtiéndome en una gota de agua titilando en el espacio, antes de caer, o en las ondas que cubren la superficie del lago y se estremecen con el viento, pero también sufro por lo que se le escapa a mi ser tangible, por los olores que no atrapo, por la vibración de las alas de las mariposas y por la mirada de un niño que se burla  de mis fantasías.

Ya esta terminando de leer. Me avisa un hombre de mediana edad a voz en grito desde el fondo del jardín.

Mis manos sudan y la imagen del Don lector me da arcadas, a medida que me acerco a su imagen extendida sobre la silla, las arcadas son más continuas y si le añado la imagen de una mujer arrodillada ante él atándole los zapatos, mis entrañas se desatan. Para no delatarme me imagino que estoy sacando la ropa de mi armario, la doblo cuidadosamente, aprovechando mejor los espacios y colocando jersey sobre jersey de la mejor manera posible. Logro mi objetivo, ya no me voy a vomitar sobre los pies del gran hombre.

Me gusta la imagen de mi misma doblando la ropa en la intimidad de mi cuarto, me gusta la calidez de su luz y el aroma de mi propio perfume. Del fondo del armario surge mi otro yo travestido de hombre, se acomoda sobre los sostenes y sus labios crecen de manera desaforada, como dos montañas rojas y carnosas que se agitan al hablar, por los resquicios de sus dientes amarillos y podridos salen palabras que no entiendo pero que me hacen sentir que el productor, el  Don está encantado con mi trabajo.

El hombre de mediana edad ya está a mi lado y me toma del brazo: el Don va a hacer la película, me susurra.

La imagen de mi yo travestido me transmite, como en eco simultáneo los pensamientos del Don: que si se ha estremecido con mi historia, que los personajes tienen vida propia y que jamás había leído algo en lo que se palpara la vida cruda y dura, como la mía.

No me lo creo, estoy alucinando, no creo que a nadie le guste… y estas palabras se convirtieron en el alfiler que pinchó mis sueños. Aunque tengo una reconfortante sensación de felicidad.

 

Gladys
24 de Abril, 2011, 5:22: Lady papaHablando de...


  

No está muy claro el origen sobre este tipo de leyendas, pero su popularidad crece con los años, abonada por la tendencia humana a recrearse en los hechos que racionalmente no puede verificar.

Realidad y ficción

La mezcla depende del golpe de efecto que se busque, es requisito indispensable que el lector o receptor de la leyenda se sienta identificado con el escenario, una carretera, un cine, un hospital, un cementerio, lugares cotidianos donde de repente sucede un hecho asombroso, terrorífico o cómico.

La cantidad de realidad o ficción varía de acuerdo al lugar geográfico donde nazca, alimentada por el imaginario colectivo y abonada por sucesos propios que las reencarnan con nuevos bríos, así, de repente la chica de la autopista pasa de Madrid a Singapur, como si nada.

Según Jan Harold Brunvand, miembro de la American Folklore Society desde 1974, máxima autoridad en la materia y recopilador de estas "fábulas populares", no es la realidad o la ficción lo que define una leyenda urbana, sino la transmisión oral y sus variaciones.

La curiosidad por las leyendas urbanas, es contagiosa, quién no se lo ha pensado más de una vez antes de ponerse a conducir de noche por una avenida solitaria, aunque no lo reconozca en voz alta, por supuesto Internet también ha puesto su granito de arena, convirtiéndose en el gran oráculo de las más espeluznantes historias, es quien nos hace saber sobre los peligros de sentarse en los baños públicos, o el joven que amanece en la bañera sin riñones, o el niño que aparece en el supermercado sin ojos.

De vez en cuando los comparo, veo como cambian sutilmente, pero en esencia siguen siendo iguales y más vitales que nunca, aunque los fantasmas o demonios han perdido vigencia dando paso a mafiosos desalmados que impregnan de drogas las calcomanías que se venden al lado de los colegios, o la joven que se lleva la chaqueta del chico y cuando éste intenta devolvérsela se entera de que lleva muerta mucho tiempo.

Lo macabro, sórdido e increíble aparece cuando menos nos lo esperamos y por unos segundos nos noquea, aunque después la sonrisa nos ilumine el rostro, mientras pensamos, mirando la pantalla fijamente: se lo enviamos a un amigo o hacemos click sobre la tecla "suprimir". La decisión es solo nuestra y de nadie más.

Todo sea por la conservación de las leyendas urbanas que nos ofrecen tema para entretener las horas muertas.

Lady papa