A mi amigo Jimul...

Ese día tenía que ser el más feliz de su vida, por eso se levantó temprano, se detuvo más tiempo del acostumbrado ante el espejo y se hidrató cada una de las arrugas sintiendo que en ellas estaba grabada la historia de su familia y de los soles y lunas que había vivido hasta entonces. Estaba feliz.

Salió a la calle, respiró el aire, que le pareció nuevo, perfumado, gratamente embriagador, caminó orgullosa, satisfecha y totalmente abandonada a esa sonrisa que no se borraba de su rostro. No permitió, en eso fue muy sensata, a su imaginación construir castillos en el aire. Hoy no, hoy se iba a dedicar a sentir el día con todas sus implicaciones físicas, hoy el cuerpo y lo tangible conformaban su vida, estaba escrito y se lo entregarían dentro de pocos minutos: 35 hectáreas de tierra, lo llamaban, pero eso era solo un seudónimo, en ese papel, que seguramente sería tamaño folio, estaban sus tatarabuelos, sus abuelos muy serios ante ese aparato que se llamaba cámara y que los había congelado en el tiempo y en su memoria, porque nunca los conoció, las balas no le dieron tiempo ni tampoco a sus padres, hermanos, tíos, sobrinos o cuñados.

Ya estaba frente al edificio administrativo. Ahora sus oídos solo escucharían discursos, aplausos, voces cacareando aquí y allá, manos que firman, algunos con una X, otros tardarán hasta diez minutos en garrapatear la palabra Alberto, o Carmen o Amalia o Ricardo y después más fotos.

Estaba contenta y le hubiera gustado contarle a la abuela que ella ya no se asustaba con eso que la gente llamaba cámara de fotos.

Después los invitaron a un almuerzo en un restaurante campestre, unas manos ajenas a la suya le sirvieron la comida, empezó a  saborear una sopa, que a su gusto, estaba demasiado caliente y eso parecían notarlo todos, ya que nadie comía con hambre, más discursos entre cucharada y cucharada, más fotos y manos que se unen despidiéndose y voces que desgranan buenas suertes a diestra y siniestra.

Al caer la noche, vestida ya con su bata de color desvaído, la de toda la vida, se paró frente al espejo y limpió otra vez sus arrugas. La ciudad no le sentaba bien y no quiso dormir en toda la noche, por eso fue la primera al llegar a la estación de autobuses y la primera en sentarse junto a la ventana. Su pulso se aceleró, la sangre hirvió en sus venas cuando la ciudad quedó atrás y el olor cálido de las entrañas de su tierra volvió a poseerla.

Cuando se bajó del autobús eran las diez de la mañana, 18 horas de viaje habían rejuvenecido su cara, las arrugas habían desaparecido y en su cartera llevaba el folio en el que decía que esa tierra era suya y que había pertenecido a su familia desde cuando la tierra estaba aún caliente. Tan pronto como estuvo junto a su platanera preferida, sacó de su cartera una pequeña cámara digital, recordó las instrucciones del vendedor del carrefour y se sacó una foto.

Después todo fue la vida de siempre, pisar descalza los prados, acariciar los troncos de los árboles, dejar que la lluvia cálida empapara su rostro… tonterías de esas que hacía todos los días y que repetía una y otra vez porque estaba viva.

Quince días después, una mano arrugada y temblorosa colocaba esa foto de ella junto a la platanera sobre su ataúd. Era su vecina pues los miembros de su familia estaban recluidos en un destartalado álbum de fotos, que también incluía un título de propiedad sobre la tierra.

Gladys