No está muy claro el origen sobre este tipo de leyendas, pero su popularidad crece con los años, abonada por la tendencia humana a recrearse en los hechos que racionalmente no puede verificar.

Realidad y ficción

La mezcla depende del golpe de efecto que se busque, es requisito indispensable que el lector o receptor de la leyenda se sienta identificado con el escenario, una carretera, un cine, un hospital, un cementerio, lugares cotidianos donde de repente sucede un hecho asombroso, terrorífico o cómico.

La cantidad de realidad o ficción varía de acuerdo al lugar geográfico donde nazca, alimentada por el imaginario colectivo y abonada por sucesos propios que las reencarnan con nuevos bríos, así, de repente la chica de la autopista pasa de Madrid a Singapur, como si nada.

Según Jan Harold Brunvand, miembro de la American Folklore Society desde 1974, máxima autoridad en la materia y recopilador de estas "fábulas populares", no es la realidad o la ficción lo que define una leyenda urbana, sino la transmisión oral y sus variaciones.

La curiosidad por las leyendas urbanas, es contagiosa, quién no se lo ha pensado más de una vez antes de ponerse a conducir de noche por una avenida solitaria, aunque no lo reconozca en voz alta, por supuesto Internet también ha puesto su granito de arena, convirtiéndose en el gran oráculo de las más espeluznantes historias, es quien nos hace saber sobre los peligros de sentarse en los baños públicos, o el joven que amanece en la bañera sin riñones, o el niño que aparece en el supermercado sin ojos.

De vez en cuando los comparo, veo como cambian sutilmente, pero en esencia siguen siendo iguales y más vitales que nunca, aunque los fantasmas o demonios han perdido vigencia dando paso a mafiosos desalmados que impregnan de drogas las calcomanías que se venden al lado de los colegios, o la joven que se lleva la chaqueta del chico y cuando éste intenta devolvérsela se entera de que lleva muerta mucho tiempo.

Lo macabro, sórdido e increíble aparece cuando menos nos lo esperamos y por unos segundos nos noquea, aunque después la sonrisa nos ilumine el rostro, mientras pensamos, mirando la pantalla fijamente: se lo enviamos a un amigo o hacemos click sobre la tecla "suprimir". La decisión es solo nuestra y de nadie más.

Todo sea por la conservación de las leyendas urbanas que nos ofrecen tema para entretener las horas muertas.

Lady papa