No me gusta lo que estoy haciendo pero no quiero pensar, no me gusta lo que estoy hablando pero las palabras se salen de mis labios como pequeñas explosiones de agua hirviendo. Aparte de eso me gusta esta casa, es grande, tiene jardines amplios, muchos rosales espléndidos y un aroma maravilloso. El cielo azul es el fondo ideal para la imagen de esta casa ideal.

Su dueño, ya es otra cosa, un hombre millonario, amo y señor del mundo del espectáculo, una especie de Don del cine y está leyendo mi trabajo. Unas letras amontonadas en cuartillas que salieron huyendo de mis manos, sin pedirme permiso… y lo peor sin pasar por el tamiz cerebral.

Se siguió todo el ritual convencional, una buena comida, mucho vino, café y el momento del juicio final: quiere leerlo.

Mi trabajo. Ese montón de hojas es tomado por unos dedos regordetes y su amplia humanidad se extiende sobre el sillón.

Los demás, humildes y humillados mortales tratamos de mimetizarnos con el paisaje, unos se pierden por los pasillos arbolados, otros desaparecen tras los setos de los rosales, algunos naufragan en las aguas de la piscina y yo me adhiero al cristal de la ventana. Como todo cristal que se respete, anhelo apoderarme de imágenes. Disfruto convirtiéndome en una gota de agua titilando en el espacio, antes de caer, o en las ondas que cubren la superficie del lago y se estremecen con el viento, pero también sufro por lo que se le escapa a mi ser tangible, por los olores que no atrapo, por la vibración de las alas de las mariposas y por la mirada de un niño que se burla  de mis fantasías.

Ya esta terminando de leer. Me avisa un hombre de mediana edad a voz en grito desde el fondo del jardín.

Mis manos sudan y la imagen del Don lector me da arcadas, a medida que me acerco a su imagen extendida sobre la silla, las arcadas son más continuas y si le añado la imagen de una mujer arrodillada ante él atándole los zapatos, mis entrañas se desatan. Para no delatarme me imagino que estoy sacando la ropa de mi armario, la doblo cuidadosamente, aprovechando mejor los espacios y colocando jersey sobre jersey de la mejor manera posible. Logro mi objetivo, ya no me voy a vomitar sobre los pies del gran hombre.

Me gusta la imagen de mi misma doblando la ropa en la intimidad de mi cuarto, me gusta la calidez de su luz y el aroma de mi propio perfume. Del fondo del armario surge mi otro yo travestido de hombre, se acomoda sobre los sostenes y sus labios crecen de manera desaforada, como dos montañas rojas y carnosas que se agitan al hablar, por los resquicios de sus dientes amarillos y podridos salen palabras que no entiendo pero que me hacen sentir que el productor, el  Don está encantado con mi trabajo.

El hombre de mediana edad ya está a mi lado y me toma del brazo: el Don va a hacer la película, me susurra.

La imagen de mi yo travestido me transmite, como en eco simultáneo los pensamientos del Don: que si se ha estremecido con mi historia, que los personajes tienen vida propia y que jamás había leído algo en lo que se palpara la vida cruda y dura, como la mía.

No me lo creo, estoy alucinando, no creo que a nadie le guste… y estas palabras se convirtieron en el alfiler que pinchó mis sueños. Aunque tengo una reconfortante sensación de felicidad.

 

Gladys