- Podríamos apostar lo que nos diera la gana - dijo el joven agitando en el puño los dados.

      - Ya no tenemos nada - dijo su compañero, unos años mayor que él...

     - Yo si tengo algo bajo la manga… sonrío el más joven - bueno, no bajo la manga, más bien en un rincón del cerebro -

      - No me hagas reír, no me gusta apostar intangibles.

      - No te creas, algo de peso tiene - añadió el más joven -

      - Anda. Tira ya que me aburro.

      - No quieres saber ¿qué voy a apostar?

      - No. Vamos a dejarlo. Me voy.

      - ¿Tienes miedo?

    El rostro del hombre mayor se acercó al del más joven despidiendo chispas como una bengala. Tira ya - le susurró golpeándolo en la nuca.

      - Pares por mi imaginación.

     El hombre mayor lo miró con desprecio y se levantó de golpe.

      - A la mierda tu imaginación. ¿Que gano yo con ella?  En el súper no me dan vino, ni comida y la casera no me la recibirá en pago del alquiler. No me vale.

 

      - Pues es lo único que tengo. Vale la pena pensárselo. ¿Qué más vas a hacer? ¿Irte a tu casa a mirar el techo? ¿Pasar la tarde escuchando esas inmundas canciones que escuchas siempre?

       - Dale-

      El más joven lanzó los dados y cayó un cuatro y un tres. El rostro del más viejo se iluminó. Había ganado porque el otro había perdido. Era un ganador. UN GANADOR, aunque el premio. Mejor no pensar.

      El rostro del más joven palideció. De repente sintió que se vaciaba por dentro, que se estaba convirtiendo en un caparazón viejo, seco y  mudo.

       El hombre mayor no quiso mirar más. Se levantó,  guardó en una bolsa de papel  el caparazón de su amigo y salió del bar con la cabeza bien alta.

Selvática