Perdido en un cruce de tumbas, llevando en el cuenco de las manos las palabras mojadas de los familiares, impregnado de aromas y colores, las rodillas le tiemblan y en un giro se da contra la pared.

Las palabras mojadas se le desparraman por la tierra, son absorbidas por el polvo seco del camino, ya se dio cuenta que él también es carne de cañón y la vida se le va por el sifón de los días.

    La soledad no duele, ni siquiera está y los recuerdos son motas de polvo que ascienden por las escaleras del sol. No hay nadie más, el cementerio está vacío, las gentes se van con sus vidas a cuestas, agarrados del brazo de parientes con ceño fruncido y palabras sacadas del cajón de la memoria.

    No hay quien escuche su voz. Hace tanto que no habla con nadie que duda de que tenga voz y si lo apuran, que la gramática haya desaparecido. Así es el terreno árido, así se siente la tierra que no germina cada primavera. Indiferente al mundo y sus acordes, con los pies clavados en el cemento de una vieja canción que se niega a abandonar su cerebro pero que, débil, no es capaz de insuflarle vida.

    Nadie lo mira, nadie le echa de menos en sus sábanas, la carne se ablanda y sólo queda la espera infinita. Pero ahí no se puede quedar. Tiene el orgullo de ser un muerto que puede elegir donde yacer. Sus pasos abandonan el cementerio, graban las calles de la ciudad muerta, resuenan en los callejones mudos y suben la montaña. Sí, a lo mejor desde arriba…  piensa.

      ¡Oh! sorpresa. Pensó.

    Sentado en la cima de la montaña la ciudad enciende sus luces, le parpadea en la distancia, le susurra alternativas, puede… puede que si, pero ya no está para comprobarlo.

 

      - Qué triste debió ser su vida - le dice la joven a su amor mirándolo a los ojos.

       - No sé porque la gente tiene que grabar sus tristezas en la piedra - dijo él.

      Ella lo miró como quien mira a un allien en medio de la noche.

       - No seas tan…

 

      El muerto sentado en la cima de la montaña fue atacado por una ráfaga de viento que lo arrastró de nuevo hasta el cementerio, la calavera se le desajustó con el movimiento y el aire circuló por sus huesos, sus mandíbulas producían ecos, semejantes a palabras al oído de la joven.       

      Y la joven habló, la joven tomó el rostro de su amor entre sus manos y se aseguró de que sus palabras fueran bien entendidas y no lo soltó hasta que tuvo la certeza de qué efectivamente, había sido comprendida.

      - Vamos le dijo y apoyó su cabeza en el hombro de él.

 

     A la mañana siguiente, el muerto todavía se hallaba sentado en el cruce de tumbas del cementerio, pero una sonrisa brillaba dentro de su cuerpo. La chica volvió años más tarde a poner una flor sobre su tumba a la que la lluvia y el viento le habían borrado las palabras.


     Gladys