El diálogo entre entrevistada y entrevistador era fluido, cada detalle de la puesta en escena contribuía a ello, la calidez de la iluminación,  la cordialidad, el tono de las voces, los temas tratados.  Ella estaba contenta con las preguntas y le agradecía al periodista que se las hubiese hecho, ella expresaba claramente los conceptos y sus pensamientos. La filosofía de su obra había sido entendida claramente por el periodista y éste, a su vez, los enriquecía sutilmente aportando experiencias propias y abriendo brechas para que ella pudiera transitar sin peligro por los senderos del plató.

    El programa llegaba a su fin. Dos horas de diálogos, dos horas de comunicación y más que tener la certeza racional de que todo iba bien, intuía que efectivamente era así. Su vida como escritora de éxito era la prueba palpable de que una mujer puede disfrutar del éxito y llevar una vida común, un marido, unos hijos, unos hermanos, los padres, un grupo de amigos que conformaban su mundo imperfecto pero suyo, en cual se sentía muy cómoda y que además, era fuente de su inspiración.

     Las obras que había publicado a lo largo de los años podían hablar por ella. Vidas emotivas, vidas sencillas, rutinas de cada día en el autobús, en las aceras… todo estaba ahí al alcance de la mano no hace falta nada más.

    Las luces del plató se apagaron, por un momento la oscuridad la inquietó sin saber exactamente por qué, pero una espiral de miedo se desenrolló en su barriga, nunca había sentido algo así, por eso se sintió perdida, no había palabras para expresar lo que le mordía por dentro, era como si su cuerpo se expandiera desaforado ante el empuje de millones de cosas desconocidas, de sensaciones que jamás imaginó siquiera que pudieran existir.

    La apacible vida sencilla que había llevado de repente, a un golpe de luz, se había ido por un agujero negro. Sus manos temblorosas intentaron asirse a algo para evitar  hundirse en esa vorágine desconocida. Llevó la mano derecha al fondo de su bolsillo y apenas la punta de sus dedos rozaron el papel del pañuelo, la luz volvió, con ella la tranquilidad, el sosiego, el puzzle de su vida se recompuso en el momento en que el rostro afable y comprensivo del periodista besó su mejilla al despedirse.

   Se detuvo un momento, quiso llamar al periodista, quiso decirle que aún faltaba algo por contar, quizás lo más importante, pero el segundo se había esfumado, los técnicos se apresuraban a guardar sus cámaras, a desenchufar luces y el ajetreo de la vida ya no le concernía a ella.

    Volvió a acariciar el pañuelo y recordó el rostro de su madre: Ella tendría unos cinco años y era su primer día de colegio, no quería ir, tenía miedo, entonces su madre volvió a entrar a la casa y salió un segundo más tarde con un pequeño trozo de tela, se lo puso en el bolsillo, susurrándole que cada vez que tuviera miedo lo tocara con sus dedos, ese era su pequeño talismán para derrotar al miedo.

     Eso era lo más importante de su vida, la base de sus obras, la esencia vital y no lo había contado al mundo, tal vez jamás lo hiciera, su momento había pasado, pero el amuleto seguía existiendo y nunca había perdido efectividad a pesar de los años.

     Gracias mamá - susurró - recogiendo su abrigo.


Gladys