Aprendió muy pronto a gritar bien alto, su voz tenía que imponerse a ocho voces agudas para que su madre no la dejara sin comer, aprendió a ser ágil para moverse con prontitud antes de que las catorce manos de sus hermanos atraparan las piezas de pollo y dejaran la bandeja vacía, se acostumbró a levantarse de madrugada, para ser la primera en el baño, sobre todo cuando tenía que lavarse el cabello.

  Treinta años después continua levantándose de madrugada, aunque tenga dos baños en su casa y solo vivan tres personas, sigue dando los buenos días en voz muy alta y dicta el menú del desayuno de forma contundente - los vecinos del quinto A ya lo tienen escrito y pegado en su nevera con horripilantes imanes - y treinta años después corre por la ciudad a paso de gacela para llegar la primera a cuanta institución ofrece deporte, entretenimiento o educación artística para su hija, que la sigue riñendo y con la mirada torva fija en su espalda.

   Las palabras se le escapan de la boca en la carnicería, en el supermercado,  en el estanco, donde quiera que va, la sigue un turbulento río de letras que se van superponiendo a medida que avanzan las mareas, algunas veces la fortuna les sonríe y se forman palabras concretas, significativas y hasta hermosas, pero a veces, - debo decir que la mayoría - son consonantes que mueren de asfixia ante la ausencia de una vocal que las signifique, los acentos y los signos que dan sentido son especies en extinción y hasta ahora no hay ONG que se preocupe por ellas.

    A veces, cuando está sola siente un ligero alivio, pero esa sensación no dura un parpadeo, su cerebro le dice que ya no son ocho los rivales de su vida, ya no son catorce manos las que la van a dejar sin comida, y no son ocho puños golpeando la puerta del baño, sino millones, sin exagerar, creo que unos 6.854.196.000, entonces, con esa cantidad impronunciable tratando de hacerse hueco en su cerebro sale corriendo al club para recoger a su hija que esta recibiendo clases de natación, para llevarla en menos de cinco minutos al otro lado de la ciudad donde la espera su profesor de piano, además, no se tiene que olvidar de comprar tinta para la impresora pues mañana mismo vence el plazo para enviar el cuento que escribió su hija y que seguro ganará en primer premio en el concurso literario que organizó la empresa de su marido en la delegación del norte del país.

   Deja a su hija y al empezar a bajar los peldaños de la escalera, oye con placer como gimen las teclas del piano ante la presión de las manos de su hija, sonríe satisfecha y aprovecha el tiempo para ir a la papelería. En dos segundos se planta allí pero hay mucha gente, se acerca a una mujer más o menos de su misma edad, la ve abrir la boca y como si fuera la compuerta de una enorme represa las palabras empiezan a desparramarse por la papelería como una enorme riada. Ella empieza a asfixiarse, siente que le falta el aire, unas manchas rojas empiezan a aparecer desde su boca hasta el borde del escote y un zumbido en los oídos la obliga a sacudir con fuerza la cabeza, hasta que una mano firme se estrella contra su mejilla un par de veces.

   - ¿Qué ha pasado? pregunta al primer rostro que ve en el momento de abrir los ojos.

    - Estaba usted gritando - le dice un caballero a su lado -

   - No, no gritaba, era una mujer, una mujer que estaba a mi lado.

   - Lo siento señora, aquí no había nadie más que usted, pero no se preocupe, ya vienen los paramédicos, ellos la examinarán.

   - No tengo nada, me siento bien, fue aquella mujer. Estoy segura, no paraba de hablar, parecía que no necesitara respirar.

    - Tranquila señora, ya llega la ambulancia.

   - Que no tengo nada, no me entiende, no me duele nada, no siento nada, no necesito una ambulancia, no necesito un medico, estoy perfectamente bien, se lo aseguro.

           

   El dueño de la papelería se dio la vuelta al sentir la presencia de los médicos, les digo que la señora había tenido una especie de perdida de consciencia y ahora no recordaba nada… habla de otra mujer que hablaba mucho.

    - Déjenos a nosotros caballero. Sabemos lo que hay que hacer.

Gladys