De un momento a otro la rabia y el odio se esfumaron de su cuerpo. Así, como por arte de magia. El inconveniente con su coche había pasado a ser más bien una cierta incomodidad y no la tragedia irremediable de la primera hora de la mañana cuando llegó al garaje y el coche no arrancó. Ya fue incómodo tener que cambiarse los tacones, pero si iba a ir en autobús mejor dejar las valiosas agujas en casa y ponerse otros zapatos más cómodos.

   Ahora mira con curiosidad a la gente que la rodea en la parada, una señora mayor con ligeros matices juveniles bajo los párpados caídos, a su lado, una joven a punto de perder el equilibrio llevando portafolios, carpetas, cuadernos y un enorme bolso. La cara lavada y el tono melocotón en los cachetes.  En el otro extremo una mujer de mediana edad junto a una niña de unos seis años, con enormes y traviesas coletas que se mueven graciosamente como antenas cada vez que gira su cabeza… y lo hace bastante a menudo.

    Llega el autobús, los pasajeros se suben, algunos saludan al chofer, otros pasan de largo sin mirarlo siquiera. Es todo un ritual mañanero entre la gente que necesita ir de sus casas a su trabajo y quien trabaja llevándolos.

    Ella se deja llevar, y el trajín de los pasajeros la ubica al lado de la señora con la niña de las coletas. Ella sonríe, le gusta esa niña sin saber por qué, le gusta el brillo de sus ojos, la naricilla y la boca perfecta de labios particularmente rojos. Le gusta su voz, ni muy chillona, ni muy débil, una voz segura, tranquila y alegre… ¿y por qué pensó en alegría  cuando la niña está contando algo triste?

    El corazón le da un vuelco, una mano estruja su corazón impidiéndole palpitar normalmente. Un pensamiento: los niños no deben sufrir.

     La niña le pregunta a su madre si su perro se va a morir, le pregunta por qué está malo y por qué ya no se levanta a lamerle la cara cuando ella llega del colegio.

     Ella mira y escucha  como la madre le responde. Mira porque no oye sus palabras, solo escucha los vocablos incoherentes que pretenden dar  aliento a la niña, no entiende qué dice la madre acerca de la enfermedad del perro, si tiene salvación o no. Obstinadamente ella se niega a ver la escena, se niega a ver lágrimas en aquellos pequeños ojos, se niega a escuchar el tono racional de la madre. Solo se queda con el reflejo de las coletas de la niña en la ventana, piensa en la distancia que hay entre éste y la imagen real, sus ojos siguen las líneas imaginarias de las coletas en los cristales, sus manos se dirigen a su bolso, saca su billetera, de ésta emergen recibos de la luz, teléfonos anotados sin el nombre del propietario, una lámina de chocolatina Jet, la foto de su madre, detrás de ésta aparece una foto amarillenta y arrugada.

    Ella la mira, sonríe y se la muestra a la niña de la coleta. al principio la niña parece asustada, no sabe si recibirla o no,  entonces ella empieza a contarle la historia de su perra y como la perdió cuando ella también tenía seis años.


Gladys