Los perdedores no deben agachar la cabeza, al menos no por mucho tiempo. Solamente deben permitirse inclinarla un poco al saber la noticia, quizás dejar que los ojos se les pongan más brillantes que de costumbre y la voz se quiebre un poquitín al hablar, pero luego, las manos deben recoger el orgullo herido, guardarlo en el bolsillo y empezar a caminar.

   Lo que pase de ahí en adelante es cosa de cada uno y nosotros no tenemos porque meternos en la vida de nadie.

   La niña miraba al abuelo, jugaba con las arrugas de sus manos y el fracaso era solo una palabra suelta que caía sobre su cabeza mientras la tarde lo hacía sobre las copas de los árboles, el parque estaba lleno de palomas revoloteando, de olor a tierra húmeda y del calor del cuerpo del abuelo.

   ahora, mirando a su padre, de espaldas a los otros ancianos en la residencia, pensó en las tardes de su hija… sonrió, recogió los recuerdos y se los metió en el bolsillo, como si fuera aquella frase que su abuelo….

Selvática