Colocó su mano a un centímetro de la suya y en un rincón de sus cerebros ambos sintieron que estaban cometiendo un error, también ambos sabían que eran débiles para apartar las manos uno del otro. A ella le habría gustado tener sólo diez años menos, si los milagros existieran. Si hubiese sido verdad lo que su abuela le decía cuando era niña, si de verdad existieran las hadas y en ese momento apareciera en aquel bar, en medio de aquella gente. Si eso fuera posible a nadie le extrañaría que una mujer vistiera de tules y llevara una corona y un cetro. Todos en aquel bar vestían cosas raras, tenían el pelo de muchos colores y sus ropas eran una sinfonía del absurdo.

     No, a nadie le hubiese asombrado que un hada se apareciera allí y de repente le susurrara al oído que pidiera un deseo.

     Ella pediría solo eso: ser diez años menor. Que el hada con su varita mágica borrara de su cara ciertas arrugas, o tomara su vida y desapareciera un marido, dos hijos, un trabajo… no. Tenía que poner los pies sobre la tierra, tenía que mirarse al espejo de frente, o no al espejo, bastaría con que ella  eligiera.

     Y lo miró a los ojos y aunque el hada no apareció, el mundo se esfumó, los dos cuerpos se levantaron sin pronunciar una palabra, salieron en busca de un lugar oscuro para amarse, así son los amantes, sobre vuelan por las calles, tropiezan con los objetos que tratan de impedirles el paso y logran su objetivo.

     Los amantes viven para instantes como esos, aunque al día siguiente tengan que bajar los ojos delante de los demás compañeros de la oficina, o disimular una tos inoportuna o un bostezo demasiado prolongado cuando el marido la mira a los ojos y le pregunta qué le pasa.

     Los amantes se visitan por la noche, cuando los cuerpos duermen, ellos gravitan sobre las camas, se aferran a las cortinas, se susurran caricias que no pueden hacer. A ella el techo se le cae encima como una losa, el cuerpo de su marido está ahí, aunque en la alcoba haya otro hombre que se esfuerza por morder, tocar y recorrer con sus labios.

    Hay que elegir le grita un viento frío que recorre su frente, pero también sabe que no puede hacerlo y su espíritu se reconforta imaginando un mundo ideal en que una mujer convive con dos amantes en armonía.

Gladys