Ya sabe cuantos pasos hay de su cama a la puerta de su habitación, de ahí hasta el baño, del baño otra vez a la habitación, la cocina, el salón, la ventana y a empezar una vez más. Tiene su libreta particular llena de cifras y combinaciones posibles para alterar la rutina de esos viajes por su casa, el segundo exacto en que sucede, incluso ha llegado a notar, que a veces,  las cifras no cuadran.

   Al principio pensó que se había equivocado al escribir aquella cifra que contabilizaba los pasos de la habitación a la cocina pues había un número que no era muy claro, parecía un siete, pero le faltaba la raya horizontal, aunque podría ser un nueve, pero no estaba muy bien definido; para asegurarse recorrió la distancia una vez más y anotó el número claro y grande, no fuera a ser que la vista empezara a fallarle, después retomó los pasos y los volvió a contar, pero le faltaban tres.  Se quedó un instante indeciso, ¿qué pasaba?

    Respiró hondo y empezó de nuevo. Levantó la cabeza decidido, dejó la mente en blanco, se situó bajo el marco de la puerta de su habitación, hizo un pequeño calentamiento, seguido de una breve relajación muscular y se concentró en la acción. Uno, dos, tres…. empezó a caminar contando hasta la cocina, luego anotó el resultado, decidió regresar, repitió el ritual y al llegar a la puerta de la habitación, se dio cuenta de que le sobraban siete pasos.

    Se miró extrañado los pies, parecían ser del mismo tamaño que ayer, luego midió las baldosas con una vieja corbata que aún conservaba. Eran iguales. No lo entendía, repitió la acción un par de horas hasta que el cansancio y la desolación lo doblegaron: ninguna cifra cuadraba.

    Para calmar el desfallecimiento que empezaba a sentir, se tomó el último café que quedaba y que debía llevar varios días en la cafetera pero no le importó. Tenía un enorme problema por resolver,  cuando lo aclarara ya iría a comprar provisiones.

    Decidió dormir un poco para olvidar las cifras, y el misterio de la continua transformación, pero el sueño se negaba a aliviar su fiebre numérica, entonces decidió cambiar el rumbo de sus pensamientos, buscó en su mente algún recuerdo alegre, alguna palabra amable, o una imagen grata pero su cerebro parecía un muro de piedra pintado de blanco.

     Un muro que fue creciendo, o ¿él empequeñeciendo? Notó que la sábana pesaba sobre su pecho más de lo normal, y los pies no le llegaban al borde inferior de la cama, la almohada era una montaña como el Everest y la bombilla del techo, una luna inaccesible.

 

 

 

     - Aquí no hay nadie caballeros - dijo el policía al grupo de vecinos reunido en el rellano. Las caras de uno y otro giraban buscando una respuesta que nadie se atrevía a emitir.

      - A lo mejor se fue sin que ustedes se dieran cuenta.

      - Puede ser, pero yo estoy segura de que hasta hace un rato se oían unos ruidos muy raros.

      - Pues yo hace como una semana que no lo veo.

      - Es verdad, desde que su esposa se fue.

      - Ah y creo que lo había despedido… lo digo porque dejó de salir a las siete, como siempre  había hecho.

 

 

      El grupo seguía lanzando conjeturas desde el rellano de la puerta sin darse cuenta que un diminuto hombre se desgañitaba gritando para llamar su atención.


Gladys