A Manuela no le gusta hablar de sí misma, cuando se reúne con sus amigas siempre recurre a los temas tópicos de las charlas entre mujeres, sin embargo, a veces le gustaría hablar de ciertas cosas, por ejemplo que no siente apetito sexual. Inmediatamente abandona la idea, la sola imagen de sus amigas gritando y abriendo la boca ante tal expresión la desaniman. Y es que sus amigas expelen sexo por todos los poros de sus cuerpos. Ahí están, sentadas en la mesa de una terraza hablando de sexo, agitando sus manos como pájaros inquietos mientras se tocan el cabello o gesticulando exageradamente para afianzar sus afirmaciones.

   Manuela se ríe con ellas, incluso a veces llega a mentir y adereza una historia con la sal de su imaginación, se recrea en detalles esmerándose en marcar los énfasis magistrales para que su historia haga estremecer a sus amigas.

   Lo que pasa al cerrar la puerta de su casa es otra cosa, más bien no pasa, la vida se detiene, el sexo desaparece, el cuerpo se convierte en un sostén de una cosa llamada Manuela que debe realizar un trabajo, alimentar y dormir para empezar un nuevo día, y otro y otro con las sábanas impecables, la manta sin arrugas y el olor a desodorante de lavanda.

   ¿Por qué las relaciones personales tienen que centrarse en el sexo? se pregunta, ¿por qué el lazo de unión con la humanidad nace en una vagina? No hay respuesta, pero una mano toca su hombro y la trae de nuevo a la mesa de la terraza, de una tarde veraniega, de un presente raro.

   Su rostro cambia de expresión, se torna más humano, mira a su amiga y de su boca salen las mismas formulas que ha estado utilizando desde hace años. Sí, una cerveza más, se oye decir.

    El mundo es así - piensa mientras saborea la cerveza.


Gladys