Había una vez un hombre que no entendía nada, un hombre que se perdió una noche en medio de los raíles de un tren, un hombre cuyas orejas escuchaban los gritos de una mujer que adora, un cerebro desconcertado por esa escena, una noche de luna llena, unos árboles susurrando y un rostro hermoso que se fue poniendo rojo, una voz dulce que se quebraba y unas manos que en vez de acariciar saltaban inquietas de un lado para otro.

     Estaban terminando. Estaban abandonando a ese hombre y las palabras duras golpearon en el acero y rebotaron rompiéndole los talones.

     Después fue silencio, la silueta se diluyó en la niebla y él dejó un rastro de sangre hasta el bar. Las botellas de cerveza se acumularon sobre la mesa y aunque el cerebro ya estaba donde él quería los talones seguían sangrando.

    Dos mesas más adelante unas mujeres hablaban y en aquel hombre crecían las ganas de escuchar lo que decían, a través del líquido de la cerveza las veía reír, romper el espacio con sus gestos, dibujar en al aire sentimientos, a veces se centraba en el brillo de sus dientes, otras en la curva de su cuello,  y por momentos pensaba que no eran reales, era como si estuviera viendo la tele con el volumen bajo, y empezó a desesperarse, en un fugaz instante su cerebro le preguntó qué hacía observando a esas mujeres, no tenía derecho a…  claro que no era mejor irse, pero cómo hacerlo sin entender.

     ¿Cómo dormir esa noche sin entender qué había pasado? ¿Por qué le habían roto los talones?

    Las mujeres se marcharon sin que él se diera cuenta, los hombres también, y en esta última escena sólo había un hombre borracho, con los talones rotos que no entendía a las mujeres.


     Gladys