Creo que estoy caminando por la tierra media, al lado de un anciano que luce una túnica blanca mientras su larga barba ondea suavemente. Vamos codo con codo, a veces su barba me tapa los ojos y no veo por donde voy, pero lo sigo con absoluta confianza. A nuestro paso vamos dejando insondables abismos, rocas con extrañas e impresionantes formas, lejanas cascadas que nos susurran historias en un lenguaje que no alcanzo a entender.

     Al pasar por algunos tramos se nos une el hijo del anciano, un hombre de agradable aspecto, recio y con unos ojos risueños.

    Una mañana cuando ya habíamos avanzado un gran trecho, el anciano resbaló por los escalones de piedra, su cuerpo se elevó por los aires como un espantapájaros a merced del viento. Me di cuenta que había perdido su corporeidad por algunos segundos, sus pies se balanceaban en el aire como si el eje se hubiese trasladado a un lugar remoto dentro de su cuerpo, sus brazos, en su afán de detener la caída se atascaron en los barrotes que protegían el sendero del abismo y su cabeza, mejor dicho su cara se hallaba ahora sobre su nuca al caer como un fardo sobre las piedras.

   Inmediatamente traté de colocar todas las partes de ese cuerpo en el lugar en que yo recordaba, habían estado antes, mientras pensaba que ese había sido el final de nuestros paseos por la tierra media y por todas mis fantasías.

    Apareció su hijo, como solía hacer siempre, sin avisar, y juntos levantamos el cuerpo, empezamos a deshacer lo andado en busca del origen. A  nuestro paso brotaban de las rocas formas blancas y amigables que ondeaban sus brazos de niebla y emitían un extraño sonido que sin embargo parecía amigable, o por lo menos no inspiraba ningún recelo.

   Yo trataba de definir esas formas en busca de rasgos conocidos pero mi cerebro era incapaz de hallar imágenes conocidas para identificarlas, pronto me di cuenta que el cuerpo del anciano ya no pesaba nada, incluso su propio hijo lo podía llevar solo sin ninguna dificultad, yo me fui rezagando y caminé pegado a la baranda, junto al abismo para poder contemplar el ejercito de camellos cabalgando sobre el vacío.

    Esa imagen debía grabarse en mi memoria para verla cuando la ilusión se esfumara, entonces intenté retenerla pero no estaba muy seguro de que mi cerebro grabara lo que yo veía.

    A mi lado, mi hijo me miró y yo sentí vergüenza de que él se diera cuenta de mis aventuras por la tierra media.

Gladys