Esta es la historia de una mujer que un día se dio cuenta de que caminaba con los hombros encogidos. Se preguntó por qué, pero no halló respuesta, bueno al menos no una respuesta satisfactoria, así que todos los días se consolaba con frases del tipo: es el cansancio, las preocupaciones, las obligaciones, el trabajo.

     No era totalmente cierto y ella lo sabía, pero le daba miedo mirar más allá de las frases conocidas y así seguía cumpliendo con su deber diario, como le habían enseñado, como se había acostumbrado.

     Una de esas tardes en que estaba abriendo la puerta de su casa, se dio cuenta de que habían puesto un aviso muy llamativo, de color naranja y azul. Pensó en Van Gogh, siempre que veía esos dos colores juntos veía la imagen del pintor pelirrojo. Volviendo al aviso, se detuvo a leerlo, anunciaban un bar. Sin pensarlo dos veces, sacó la llave de la cerradura y se fue hasta el local que, además quedaba muy cerca y allí se plantó sin saber muy bien lo que se iba a encontrar.

   Al principio se desilusionó. Aún no estaba abierto al público, se veían sillas envueltas en plástico, mesas patas arriba, hilos metálicos que colgaban de los techos, polvo, cemento y herramientas por todos lados, sin embargo al fondo algo llamó su atención. Empujó suavemente la puerta y ésta cedió. Avanzó entre los muebles hasta el fondo del local, descubrió un enorme y precioso espejo sin marco. Cuando vio su figura se escondió, ese fue su primer impulso, no quería verse, pero la confianza fue ganando terreno en su pecho poco a poco; como quien se asoma a un mundo desconocido fue dejando que su figura se dibujara en el espejo, aunque ella mantenía los ojos cerrados. Cuando imaginó que su cuerpo entero ya estaría colocado en el centro, decidió abrirlos lentamente fijando la mirada en la parte inferior del espejo, así fue descubriendo de abajo para arriba sus pies… bonitos zapatos; sus piernas… un poco flacas; sus rodillas… huesudas sin duda; sus caderas… un poco anchas; su cintura… bueno, ya no era lo que fue: su pecho… aún firme; su cuello… No, no vio su cuello, vio lo que había en lugar de él. Una lápida con su nombre grabado y dos fechas que no se atrevió a leer.

      Volvió a su casa. Así que estaba muerta, ¿desde cuándo?

     No durmió esa noche, su mente trabajó intensamente juntando fechas y hechos para determinar su deceso exacto. Y las horas se le fueron sin esclarecer las dudas.

     A la mañana siguiente volvió a cumplir su papel, calcó su día anterior del anterior, del anterior; el mundo no se había alterado por aquel espejo.

    Salió del trabajo y se acordó de unas compras que debía hacer. En vez de volver a casa fue al centro comercial, visitó las tiendas donde le gustaba comprar, se entretuvo mirando anillos, se midió mas o menos dos docenas pero al ver el precio, los miraba por última vez alejándolos un poco al extender el brazo completamente y con un gesto de su cabeza lo dejaba de nuevo en la vitrina. Gesto que por costumbre ya ninguna de las vendedoras le creía, no era que no le gustara, era que no tenía dinero para darse ese lujo.

    Sin comprar nada, decidió  que era temprano para llegar a casa, dio otra vuelta y se sentó en una cafetería. Un buen café es lo que su cuerpo necesitaba. Cuando el camarero recogió la cuenta sus dedos rozaron los de ella y ella sintió un pequeño pinchazo, apenas perceptible. Pagó sin mirar al joven y empezó a caminar.

   Dejándose llevar por la intuición mientras caminaba se acercaba a los hombres que iban delante de ella y sin querer su mano se rozaba con la de ellos, volvía a sentir pequeños pinchazos después de cada roce, luego se alejaba de ese hombre y emprendía de nuevo el camino hasta otro, otro, otro, otro… a lo mejor el contacto le devolviera su cuello...

Gladys