23 de Octubre, 2011, 12:57: GladysGeneral

Julian saltó sobre el sofá lanzando el control directamente a las cabezas de sus amiguitos. He ganado salió de su garganta. Soy un crack - gritaba -

Carlos lo miró. - Como no va a ganar si mira los trucos en internet - pero al mismo tiempo se preguntó por qué él nunca recordaba esos trucos en los momentos decisivos, pues él también los había leído e incluso se los memorizaba todos los días antes de dormirse.

Aquí pasa algo pensó mientras se despedía de sus amigos - pero ¿qué es? seguía insistiendo su cerebro, mientras caminaba a lo largo de la calle hasta llegar a su casa.

La cena transcurrió igual a todos los días. Su madre preguntando si se había divertido en casa de Julian, si sus padres estaban presentes o no. Menos mal que había milanesa, sino hubiese sido una tortura escuchar el bla bla de sus padres.

No quiso ver la tele. Se fue a su cuarto y la pregunta seguía ahí sin vislumbrar  una respuesta,  ¿Por que?

¿Por qué se le olvidaban las cosas en los momentos decisivos?

Volvió a repasar los trucos, su mente dibujó los mandos con exactitud milimétrica, sabía qué hacer, como pulsar y en qué momento cambiar, pero no lo hacía, su mente se quedaba en blanco justo delante del monstruo rojo, el más poderoso del juego y el que siempre lo derrotaba.

Nada qué hacer, su mente empezaba ya a desprenderse de su cuerpo dispuesta a  pasar la noche en el país de los posibles.

Carlos soñó que subía escaleras a ninguna parte, que la música emanaba de su propio cuerpo y que una sensación placentera se apoderaba de él, sin embargo,  alguien que no podía ver ni percibir portaba un borrador enorme e iba eliminando de su mente los trucos de la play station, claro, algunas veces se le iba la mano y le borraba cosas como las tablas de multiplicar o los ríos del país o arreglar el cuarto,  o entregar el cambio cuando compraba el pan.

Su enemigo invisible era además un poco perezoso, nunca borraba del todo sus conocimientos, a veces se dejaba cosas, que a Carlos le hacían ganar alguna que otra partida, pero no era lo usual.

Aquella mañana, Carlos se despertó con una certeza, creía haber visto en sueños una especie de borrador gigante, pero cuando pensó en él y trató de dibujarlo en su memoria, solo pudo recuperar una sensación, una grata y entrañable sensación de amistad.

Eso le gustaba. Se sentía seguro, incluso empezó a tolerar con mejor humor los triunfos de Julian, dedicándose en cambio a profundizar en esa amistad que empezaba a surgir entre él y su enemistad invisible.

Durante unos días no sucedió nada especial, aquella sensación parecía haber sido fruto de una casualidad, o quizás fue su imaginación, cosa que lamentaba profundamente.

Las clases empezaron y con ellas los deberes. Una semana después se estaba preparando para un examen de matemáticas y estudió toda la tarde, se sentía contento, seguro de que aprobaba. A la mañana siguiente, cuando la profe le pasó el examen, la mente se le quedó en blanco y su corazón se sumergió en el pánico, pero también en el gozo al sentir de nuevo a su enemigo invisible actuando… supo que jamás iba a terminar el curso, que nunca iba a ser el gran hombre que su madre esperaba y que su padre lo empezaría a mirar con lástima.

Ahora empezaría el largo camino entre pasillos de psicólogos, pedagogos, especialistas en infancia y juventud…

No lo podía soportar, dejó el examen en blanco, pidió permiso para salir al pasillo y caminó un rato junto a las paredes hasta que se encerró en el baño, allí, frente al espejo le pidió a su enemigo una tregua.

Dado que no podían existir el uno sin el otro,   esa misma noche, antes de iniciar el camino hacía ninguna parte, Carlos y su enemigo trazaron un plan de acciones satisfactorio para ambos y juraron respetarlo por toda la eternidad.

 

Carlos no será famoso pero es un buen hombre - dice su madre a sus amigas mientras toman el té, sonriendo orgullosa de su hijo.


Gladys

 

23 de Octubre, 2011, 12:48: GladysGeneral

Esa tarde de sábado pasó por su vida igual que todas las tardes de sus sesenta años. Comió en el  restaurante de siempre, donde los sábados tenían paella en el menú. Claro, igual hubiese pasado si fuera risoto, ya su boca no distinguía sabores y gracias que aún podía distinguir lo frío de lo caliente, sino estaría listo.

Colocó los cubiertos de manera correcta y su mente formó la misma frase de todos los sábados, estos nuevos camareros no saben servir una mesa como Dios manda. Como queriendo no escucharse, fijó su atención en la playa y en el mar. Había pocos bañistas a esa hora y el cielo estaba lindo. Aunque le gustaba lo que veía ni siquiera pasó por su mente la idea de bañarse. No era época para estar moreno.

Una nueva camarera lo atendió con una gran sonrisa. Él lo agradeció pero no le devolvió el gesto a la chica, al contrario, con el tenedor iba separando los mejillones, las gambas, las almejas en un círculo al borde del plato, una vez estuvo satisfecho del resultado empezó a comer el arroz y las verduras dejando para el final los sabores del mar.

A medida que su boca chupaba las conchas de las almejas pensaba en todo lo que tenía qué hacer después de dormir la siesta, los sitios donde debía recoger sus encargos, calculó el tiempo que tardaría entre uno y otro, dando por descontado que al ser sábado la ciudad no estaría muy congestionada, así que no se encontraría con ningún atasco, por si acaso tenía tiempo. Su siesta era sagrada.

Terminó de comer y con el café bebió su copa, lo hizo lentamente mientras su cerebro componía la escena de su noche de sábado con todo lujo de detalles, incluso revivió las emociones, su carne temblaba entre las piernas y sintió que la parte de su cuerpo ya muerta, daba ciertas señales de vida, lo que le produjo mayor placer aún.

Entonces tuvo ganas de prolongar el placer,  un orgasmo en la terraza de un bar frente a la playa es un buen marco para revivir  la carne flácida, incluso… ¿por qué no? No, mejor no entretenerse con otras cosas, el propósito de su vida estaba decidido y no era hombre de estar cambiando de un día para otro como cualquier jovencito inexperto. Su fama de estricto y recto le había costado años de arduo trabajo en el cuerpo, una reputación militar no se hace de un día para otro.

Sacudió la cabeza para espantar los pensamientos moscas que revoloteaban a su alrededor, pidió la cuenta y dejó el dinero firmemente asegurado, para que el viento no se llevara sus billetes. Se marchó.

Cumplió con la ruta establecida y se preparó para dormir la siesta, cuidando que nada se estropeara, no soportaría desentonar en un día como ese.

 

 

Cerca de la media noche, dos jovencitos apenas si pueden mantenerse en pie, el piso se mueve a un ritmo diferente de su par de piernas, el más jovencito y con corte de pelo militar le pide a su amigo que lo lleve a cualquier sitio. Necesita tomarse algo para evitar el mareo.

Su amigo que tampoco puede ver muy bien a causa del alcohol, lo va arrastrando como buenamente puede hasta una terraza que está medianamente llena de hombres de cierta edad que palmotean y lanzan gritos desaforados.

¡Guapa! ¡Guapa! ¡Guapisimaaa!

En una de las mesas libres, el joven deposita a su amigo, sin ayudarle a posar la cabeza sobre la mesa, llama al camarero y le pide que le dé lo que sea para levantarlo. Luego se sienta a su lado, tratando dándole palmadas en los cachetes a ver si reacciona. El camarero le trae lo pedido y a duras penas logra que se la beba.

Después mira a su alrededor y solo ve hombres de mediana edad palmoteando. Parejas de hombres se besan y abrazan para mirar después hacía la terraza en penumbras que se va iluminando lentamente para, pasados los minutos de expectación, descubrir  a la diva del cuerpo.

La borrachera se les pasa a los jóvenes, en medio del segundo alarido. ¡Joder con mi capitán!


Gladys

23 de Octubre, 2011, 12:42: SelváticaAlaprima

Era su amiga de toda la vida. Era su cómplice de noches locas, la que estaba ahí siempre que la necesitaba. La que aparecía dibujada en ese plano mental que de un momento a otro se le rebeló en el cerebro.

Allí estaban sus confidencias, las pequeñas cosas cotidianas, un hombre,  unos hijos, una casa,  los pequeños detalles de la felicidad… pero en el pozo del cafe, de su café, siempre aparecía su amiga… o ¿no?

Selvática
23 de Octubre, 2011, 12:24: SelváticaAlaprima


Esta es la historia de un juego de mesa, un juego dibujado en un tablero, con unas escaleras, unos letreros, unos jeroglíficos, y sumas pintadas  en colores encendidos. Cada jugador debe lanzar los dados y mover ficha según las instrucciones.

Ella lanzó. No le entusiasmaba mucho el juego pero estaba bien para pasar el rato. Cuando los dados cayeron sobre el tablero marcaban una cifra grande, lo que significaba un gran avance.

Sus dedos emocionados recorrían el tablero mientras su mente contaba excitada.  La casilla en que definitivamente se detuvo su ficha le obligaba a dibujar su vida. Se sintió feliz. Le gustaba hablar de su vida y sobre todo le gustaba tener audiencia cautiva.

Empezó por hablar de su casa, de sus estudios, de su matrimonio, pero al hacerlo, su intuición encendía una alarma. No estaba hablando de ella, sus palabras describían la vida de  su mejor amiga, sin embargo continuó, total nadie la conocía mucho y en el fondo era una especie de venganza. Era su amiga quien le había robado la vida desde su infancia.