Esa tarde de sábado pasó por su vida igual que todas las tardes de sus sesenta años. Comió en el  restaurante de siempre, donde los sábados tenían paella en el menú. Claro, igual hubiese pasado si fuera risoto, ya su boca no distinguía sabores y gracias que aún podía distinguir lo frío de lo caliente, sino estaría listo.

Colocó los cubiertos de manera correcta y su mente formó la misma frase de todos los sábados, estos nuevos camareros no saben servir una mesa como Dios manda. Como queriendo no escucharse, fijó su atención en la playa y en el mar. Había pocos bañistas a esa hora y el cielo estaba lindo. Aunque le gustaba lo que veía ni siquiera pasó por su mente la idea de bañarse. No era época para estar moreno.

Una nueva camarera lo atendió con una gran sonrisa. Él lo agradeció pero no le devolvió el gesto a la chica, al contrario, con el tenedor iba separando los mejillones, las gambas, las almejas en un círculo al borde del plato, una vez estuvo satisfecho del resultado empezó a comer el arroz y las verduras dejando para el final los sabores del mar.

A medida que su boca chupaba las conchas de las almejas pensaba en todo lo que tenía qué hacer después de dormir la siesta, los sitios donde debía recoger sus encargos, calculó el tiempo que tardaría entre uno y otro, dando por descontado que al ser sábado la ciudad no estaría muy congestionada, así que no se encontraría con ningún atasco, por si acaso tenía tiempo. Su siesta era sagrada.

Terminó de comer y con el café bebió su copa, lo hizo lentamente mientras su cerebro componía la escena de su noche de sábado con todo lujo de detalles, incluso revivió las emociones, su carne temblaba entre las piernas y sintió que la parte de su cuerpo ya muerta, daba ciertas señales de vida, lo que le produjo mayor placer aún.

Entonces tuvo ganas de prolongar el placer,  un orgasmo en la terraza de un bar frente a la playa es un buen marco para revivir  la carne flácida, incluso… ¿por qué no? No, mejor no entretenerse con otras cosas, el propósito de su vida estaba decidido y no era hombre de estar cambiando de un día para otro como cualquier jovencito inexperto. Su fama de estricto y recto le había costado años de arduo trabajo en el cuerpo, una reputación militar no se hace de un día para otro.

Sacudió la cabeza para espantar los pensamientos moscas que revoloteaban a su alrededor, pidió la cuenta y dejó el dinero firmemente asegurado, para que el viento no se llevara sus billetes. Se marchó.

Cumplió con la ruta establecida y se preparó para dormir la siesta, cuidando que nada se estropeara, no soportaría desentonar en un día como ese.

 

 

Cerca de la media noche, dos jovencitos apenas si pueden mantenerse en pie, el piso se mueve a un ritmo diferente de su par de piernas, el más jovencito y con corte de pelo militar le pide a su amigo que lo lleve a cualquier sitio. Necesita tomarse algo para evitar el mareo.

Su amigo que tampoco puede ver muy bien a causa del alcohol, lo va arrastrando como buenamente puede hasta una terraza que está medianamente llena de hombres de cierta edad que palmotean y lanzan gritos desaforados.

¡Guapa! ¡Guapa! ¡Guapisimaaa!

En una de las mesas libres, el joven deposita a su amigo, sin ayudarle a posar la cabeza sobre la mesa, llama al camarero y le pide que le dé lo que sea para levantarlo. Luego se sienta a su lado, tratando dándole palmadas en los cachetes a ver si reacciona. El camarero le trae lo pedido y a duras penas logra que se la beba.

Después mira a su alrededor y solo ve hombres de mediana edad palmoteando. Parejas de hombres se besan y abrazan para mirar después hacía la terraza en penumbras que se va iluminando lentamente para, pasados los minutos de expectación, descubrir  a la diva del cuerpo.

La borrachera se les pasa a los jóvenes, en medio del segundo alarido. ¡Joder con mi capitán!


Gladys