Julian saltó sobre el sofá lanzando el control directamente a las cabezas de sus amiguitos. He ganado salió de su garganta. Soy un crack - gritaba -

Carlos lo miró. - Como no va a ganar si mira los trucos en internet - pero al mismo tiempo se preguntó por qué él nunca recordaba esos trucos en los momentos decisivos, pues él también los había leído e incluso se los memorizaba todos los días antes de dormirse.

Aquí pasa algo pensó mientras se despedía de sus amigos - pero ¿qué es? seguía insistiendo su cerebro, mientras caminaba a lo largo de la calle hasta llegar a su casa.

La cena transcurrió igual a todos los días. Su madre preguntando si se había divertido en casa de Julian, si sus padres estaban presentes o no. Menos mal que había milanesa, sino hubiese sido una tortura escuchar el bla bla de sus padres.

No quiso ver la tele. Se fue a su cuarto y la pregunta seguía ahí sin vislumbrar  una respuesta,  ¿Por que?

¿Por qué se le olvidaban las cosas en los momentos decisivos?

Volvió a repasar los trucos, su mente dibujó los mandos con exactitud milimétrica, sabía qué hacer, como pulsar y en qué momento cambiar, pero no lo hacía, su mente se quedaba en blanco justo delante del monstruo rojo, el más poderoso del juego y el que siempre lo derrotaba.

Nada qué hacer, su mente empezaba ya a desprenderse de su cuerpo dispuesta a  pasar la noche en el país de los posibles.

Carlos soñó que subía escaleras a ninguna parte, que la música emanaba de su propio cuerpo y que una sensación placentera se apoderaba de él, sin embargo,  alguien que no podía ver ni percibir portaba un borrador enorme e iba eliminando de su mente los trucos de la play station, claro, algunas veces se le iba la mano y le borraba cosas como las tablas de multiplicar o los ríos del país o arreglar el cuarto,  o entregar el cambio cuando compraba el pan.

Su enemigo invisible era además un poco perezoso, nunca borraba del todo sus conocimientos, a veces se dejaba cosas, que a Carlos le hacían ganar alguna que otra partida, pero no era lo usual.

Aquella mañana, Carlos se despertó con una certeza, creía haber visto en sueños una especie de borrador gigante, pero cuando pensó en él y trató de dibujarlo en su memoria, solo pudo recuperar una sensación, una grata y entrañable sensación de amistad.

Eso le gustaba. Se sentía seguro, incluso empezó a tolerar con mejor humor los triunfos de Julian, dedicándose en cambio a profundizar en esa amistad que empezaba a surgir entre él y su enemistad invisible.

Durante unos días no sucedió nada especial, aquella sensación parecía haber sido fruto de una casualidad, o quizás fue su imaginación, cosa que lamentaba profundamente.

Las clases empezaron y con ellas los deberes. Una semana después se estaba preparando para un examen de matemáticas y estudió toda la tarde, se sentía contento, seguro de que aprobaba. A la mañana siguiente, cuando la profe le pasó el examen, la mente se le quedó en blanco y su corazón se sumergió en el pánico, pero también en el gozo al sentir de nuevo a su enemigo invisible actuando… supo que jamás iba a terminar el curso, que nunca iba a ser el gran hombre que su madre esperaba y que su padre lo empezaría a mirar con lástima.

Ahora empezaría el largo camino entre pasillos de psicólogos, pedagogos, especialistas en infancia y juventud…

No lo podía soportar, dejó el examen en blanco, pidió permiso para salir al pasillo y caminó un rato junto a las paredes hasta que se encerró en el baño, allí, frente al espejo le pidió a su enemigo una tregua.

Dado que no podían existir el uno sin el otro,   esa misma noche, antes de iniciar el camino hacía ninguna parte, Carlos y su enemigo trazaron un plan de acciones satisfactorio para ambos y juraron respetarlo por toda la eternidad.

 

Carlos no será famoso pero es un buen hombre - dice su madre a sus amigas mientras toman el té, sonriendo orgullosa de su hijo.


Gladys