Todas las tardes vengo a verlas. Ellas no saben que las espío, las recuerdo e incluso las estoy amando.

            Yo dejo mis páginas en blanco para acudir a nuestras tácitas citas, me recojo el cabello de mala manera, un poco de brillo en los labios y las llaves en el bolso con el alma en vilo… ¿y si esta tarde no vienen?

            Entro a la cafetería con el aliento desbocado, la camarera me mira y me reconoce, lo sé porque me sonríe y me señala la mesa, desaparece unos instantes, luego  me trae el café y un periódico. Escucho su voz y  le contesto aliviada.

            Justo cuando voy por la mitad de café, las veo llegar a través del ventanal, ahí están, mi corazón late como caballo desbocado. Siempre digo lo mismo: están maravillosas, todos los días están maravillosas.

            Son tres. Deben rondar los setenta y tantos. Hay dos rubias y una castaña, una se peina al estilo clásico de casco con lugares ondas sobre las orejas, la otra lleva una melena lisa y maravillosamente brillante - sospecho que es peluca - y la tercera mantiene el pelo largo,  le he puesto un pasado hippy y tal vez me equivoque. Esas son mis abuelas bellas.

            Ellas se detienen antes en la puerta, se toman de los codos para afirmar sus opiniones, se ríen un poco y luego deciden entrar.

            Cuando lo hacen la cafetería se llena de una especie de añoranza, no sé definirlo exactamente, pero el sentimiento es de seguridad plena.

            Ellas se sientan en la esquina opuesta a mi, nunca miran el menú porque ya saben lo que van a tomar, la camarera se les acerca con la libreta en mano, más por hábito que por necesidad y después de algunos piropos y risas les da la espalda.

            Al cabo de un rato, reaparece con una bandeja y mi expectación crece hasta límites insospechados. Me muero por ese instante,  por el segundo eterno en que esas manos enjoyadas con sus bisuterías toman el bollo azucarado casi sin darse cuenta y lo introducen en el café con leche, para luego llevárselos a los labios.

            Después de eso ya me siento tranquila y es cuando las urgencias de mi vida me empiezan a reclamar atención… a veces les hago caso, pago y me marcho, sin embargo, en otras ocasiones me quedo un poco más, pero solo por curiosidad.

            Esa tarde volvió a repetirse la puesta en escena y cuando yo ya estaba tranquila, empecé a doblar el periódico y me iba a poner de pie cuando el mundo se me vino abajo. A mi lado estaba una de las bellas, me miraba fijamente, me tomó de la mano y de su boca salieron estas palabras: Vive tu vida de una vez. Y me dio la espalda.

            Por supuesto no volví a la cafetería.


Gladys