1 de Diciembre, 2011, 6:04: GladysGeneral

         


             Todos se están yendo. Desde hace un tiempo la gente está partiendo,  aunque no se sabe con certeza si alguien les ha llenado la cabeza de pajaritos alegres,  o si les han hablado de paraísos de caramelo o caballitos de azúcar.

            Por eso, de un tiempo a esta parte, el pueblo ya no es lo que era. El polvo se acumula en las esquinas, los cristales estallan a las horas más insospechadas rompiendo con sus filosos gritos el silencio que se nos ha impuesto.

            Las paredes se inclinan en cámara lenta, tengo la impresión de que ellas ya se cansaron de aguantar de pie las tormentas, los rayos y vientos que día a día nos atacaban y que han decidido agacharse… quizás así se resistan mejor los embates.

            Las farolas ya no alumbran a nadie, porque nadie sale a caminar por las noches, ya no hay amantes que se besen detrás de los árboles, ni en los rincones de las esquinas, tampoco hay niños que corran detrás de mariposas amarillas.

            Todos se están yendo y los pocos que quedamos hemos hecho un pacto tácito: no vamos a  hablarnos nunca más, no intentaremos rozar nuestros dedos al recibir el cambio por la compra de algunas baratijas, no nos quejaremos en voz alta, y nunca, nunca más nos miraremos a los ojos. Lo hemos decidido así para no sufrir cuando de ellos solo veamos las espaldas en el horizonte.

            Por eso todos ahora juegan solitarios tras los cristales rotos de las sucias ventanas, los dedos rozan hasta gastar las barajas y solo se piensa en que el momento de partir está pronto a llegar… será cuando las cartas se deshagan entre los dedos.

            Y los míos ya están cubiertos de cierta masa blancuzca. 
1 de Diciembre, 2011, 5:46: SelváticaAlaprima

      


         No recuerdo muy bien cómo empezó esta historia,  las imágenes se me intercalan en el cerebro sin ningún respeto a la cordura. Quizás mi ego, con ganas de lucirse se encargó de desordenarlas y lanzármelas a la cara por sorpresa. Una de éstas es una ilustración en la que me veo junto a dos amigas en la portada de un libro. ¡Esa es lo más de lo más! me gusta, me veo bien y me siento satisfecha de estar dibujada ahí, junto a mis dos mejores amigas.

            La otra es como mi revés. Me veo desde el otro lado de la calle. Enfrente me tengo a mi misma retozando en una cama sobre una colcha de colores vivos,  y puedo verlo ya que no hay paredes, es como si estuviera en una vitrina. De todas maneras me gusto también de ese lado de la calle.

            Hay una tercera imagen, otra yo,  habla del próximo número de nuestra revista, en ella publicaremos un relato de Michelle Obama sobre su marido,  pero no será la figura política quien aparecerá en nuestras páginas, sino el mundo cotidiano de su hogar. 

            También me gusta, usar un ícono internacional es bueno para unas principiantes como nosotras, eso nos permitirá trabajar con cierta libertad… Me oigo repitiendo cosas tontas.

 

            Tres imágenes, una en la vitrina de su alcoba, otra en la portada de una revista, otra en medio de la oficina de redacción… ¡Ya sé que es un sueño!

1 de Diciembre, 2011, 5:41: Selváticaminirelatos

 

            Qué si voy a bailar, que si voy a salir esta noche, que si me pondré muy guapa, mis tacones altos, mi vestido ajustado, mi maquillaje perfecto, mi pequeño bolso y mis grandes ganas de divertirme.

            Que si tomo la llave de la puerta, que si a última hora se me van los minutos porque revoloteo por toda la casa y no las encuentro.

            Que si empiezo a sudar, se me mancha el vestido, se me rompen las medias, se me corre el maquillaje y me canso.

            Que si salimos, ¿Ahora a dónde vamos? la discoteca, el garito, la sala tradicional o el cutre bar de la esquina… y ¿para eso me arreglé tanto?

            Que si la noche está oscura - raro - la ciudad con sus luces nos priva de tales evocaciones - pero sí, la noche está oscura y yo vuelvo a casa sola.

1 de Diciembre, 2011, 5:27: GladysGeneral

       


        Aliviados de los dolores más apremiantes, los convalecientes se enfrentan a algo más desalentador que la enfermedad, y es el tiempo que tienen que pasar lejos de cualquier actividad hasta que el cuerpo vuelva a estar en condiciones de ponerse en marcha de nuevo.

            Las horas parecen eternizarse, el horario de visitas se hace ínfimo, la televisión  aburre, no se puede leer y hasta las sopas de letras resultan tan complicadas que terminan al lado de la cama.

            Entonces, la vida toma protagonismo, se pone delante del convaleciente sin máscaras, mientras le va dibujando escenas del pasado, y ahí bajo el calor de las sábanas y la esponjosidad de la almohada el convaleciente está obligado a reflexionar sobre las cosas que hizo de joven, quizá se arrepienta por no haber hecho esa llamada a tiempo, por no haber sonreído a la persona que amaba, incluso aquella señora coja a la que no ayudó a cruzar la calle se le aparece como alguien familiar. Sí, es una cosa mala no poder hacer nada, pero no hay que preocuparse, los mecanismos de defensa acuden en su ayuda, empieza a pensar en lo que va a cambiar, desde luego, se propone ser una persona diferente en cuanto se recupere totalmente.

            Así planea una nueva vida más llena de cosas estimulantes, de risas y amores, y la felicidad deja de ser una utopía, claro que se puede  alcanzar, es fácil, basta con sentirse bien con uno mismo y para ello no es necesario hacer grandes inversiones, basta con estar vivos, ese es el gran secreto, se puede  hacer, es sencillo.

            Y con esos nuevos pensamientos el tiempo si que pasa veloz, los días se deslizan más rápidamente, vuelve a sentirse  embriagado de proyectos vitalizantes, el mundo ya no es un caos y a su alrededor la felicidad parece brotar como la yerba a la orilla de las autopistas. Ese sentimiento maravilloso le ayuda a mejorar totalmente, el cuerpo ya parece exigir movilidad, y poquito a poco, como un niño cuando empieza a caminar, el convaleciente espera reanimado la fecha del alta médica sintiéndose realmente bien.

            Ya en casa, todo vuelve a ser como antes, la felicidad se esconde, el optimismo se  resbala por entre los dedos y la cara se torna agria en cuanto entra de nuevo a la oficina para asistir a esa reunión, con esa gente tan desagradable que... 

Pero se está vivo..